Luke, hijo mío, como creciste tan jedi.
¿Es
la moral una cuestión de cultura?
Parece
una pregunta fácil ¿Como podría no serlo?
A
pesar de alguna evidencia contrafáctica, la mayoría de nosotros concuerda en
que la preocupación por los demás es algo que se moldea en el consejo de
nuestros queridos, la inspiración de los grandes pensadores y la espiritualidad
de la fe.
Cualquier
padre sabe que la honestidad y la preocupación por los demás es algo que
debemos pasar a nuestros hijos, y nos invade la sensación de la tarea cumplida
cuando reconocemos en ellos esos comportamientos colectivos.
Pero,
¿y si esas conductas resultaran un poco más innatas de lo que pensamos?
Varios
estudios en neuroeconomía pusieron foco en los caminos de nuestra plomería
neural cuando somos enfrentados a lo que los economistas comportamentales
describen como preferencias sociales.
Algunos
neurotransmisores como la oxitocina juegan un papel clave en nuestros
sentimientos ante actitudes pro-sociales. El vínculo es tan fuerte que existen registros
de que la administración intranasal de oxitocina provoca conductas de
cooperación y reciprocidad intragrupales. En esos episodios también se registra
activación de los centros de gratificación en el cerebro.
Sin
embargo, no fue posible reproducir estos efectos cuando la interacción se
produce entre sujetos que no se perciben como formando parte del mismo grupo.
La evidencia sugiere que esas interacciones pro-sociales estimulan mayor
actividad neural cuando pueden conducir al fortalecimiento de determinadas
relaciones interpersonales.
Parece
ser que hay algunos sistemas neurales en la profundidad de nuestro cerebro que
hace que sintamos placer cuando colaboramos con pares. Placer que nos empuja a
conductas pro-sociales, que hacen más fuertes a los grupos, y conducen a
individuos más saludables.
Pero
entonces, ¿por qué somos tan mentirosos?
Es
interesante comprobar que tal vez no somos tan mentirosos como lo sentimos.
Incluso la severidad de nuestra autoevaluación con respecto a la mentira puede
estar exagerada y encuentre su raíz en el dolor que nos provoca una conducta
tan poco saludable.
En
experimentos conducidos por Nina Mazar, On Amir y Dan Ariely se estudió la
propensión a hacer trampa en un grupo de estudiantes.
El
experimento fue bastante sencillo. Se pidió a los estudiantes que reporten a un
examinador el número de respuestas correctas de un test que realizaban. Si
conseguían contestar las 20 preguntas se les iba a dar 40 dólares. El
examinador no verificaría si las respuestas eran correctas. Los estudiantes
solamente reportaban que habían respondido 20 correctamente y tendrían 40
dólares en su mano.
Sorprendentemente
(y tal vez no tanto) el promedio pagado a cada estudiante fue solamente de 10
dólares.
Después
de todo, estos estudiantes resultaron no ser tan mentirosos. El grupo de
control al que solamente se le pagaba si las respuestas eran efectivamente
correctas, recibió en promedio 6 dólares.
Una
vuelta de tuerca interesante se produjo en una versión ligeramente modificada
de este experimento. En este caso, un tercer grupo de estudiantes, debía firmar
un compromiso de adhesión al código de ética de la universidad antes de
disponerse a resolver los problemas (de hecho, muchos estudiantes ni sabían de
la existencia de dicho código, aunque podían imaginar fácilmente que tipo de
principios él contendría).
La
saliencia de algunos principios morales, aunque difusos, tuvo prácticamente el
mismo impacto que el examinador verificando su honestidad. El promedio recibido
por cada estudiante de este tercer grupo fue muy similar al del grupo de
control. Ellos mismos fueron tan buenos guardianes como un tercero. Los
circuitos morales estaban ahí, durmiendo, pero fueron fácilmente activados con
una vaga referencia a preceptos morales.
Otro
interesante experimento fue realizado por Uri Gneezy, de Chicago. En él se
involucró el dilema moral de quien aconseja. En este caso se presentaban dos
alternativas de división de dinero: en una el participante recibía 15 dólares y
daba a su contraparte 5, y en otra él recibía 5 y su contraparte 15.
Como
“consejero”, el participante A es enfrentado al dilema de aconsejar a su
contraparte B sabiendo que la opción que más favorece a B es la que menos le
favorece y viceversa. Los “consejeros” eran informados que su contraparte B
nunca iba a ver las alternativas originales que le fueron presentadas a él.
Matthias
Sutter en un experimento posterior caracterizó cuatro tipo de conductas que
pueden surgir en estas situaciones. El participante A puede ser un “honrado
benevolente” y decir lo que es mejor para B, un “honrado sofisticado” que dice
a B la verdad esperando que B sospeche de su consejo y termine escogiendo
errado, un simple “mentiroso” que asesora a B diciéndole que elija lo que es
malo para él, o un “mentiroso benevolente” que asesora mal a B pero espera que
no le crea y por tanto elija la opción que lo beneficia.
Los
resultados de Gneezy (alineados con los que también encontró Sutter)
demostraron que el 50% de los jugadores optaron por decir la verdad (divididos por
mitades entre los honrados sofisticados y benevolentes). Es decir, uno de cada
dos participantes optó por ser honesto.
El
resultado es aún más significativo cuando consideramos que si el juego es
propuesto como una opción directa, es decir B recibirá directamente el
resultado que A elige, casi 9 de cada 10 impone al otro la opción peor.
Está
bien quedarse con 15 y dar 5, siempre y cuando no tenga que mentir para ello.
Pero
entonces, ¿por qué somos tan honestos? ¿Es que nos gusta reconocernos como buenos
samaritanos? ¿Es acaso que estamos cableados para colaborar y confiar en otros
miembros de nuestro grupo y al hacerlo construimos lazos que nos ayudarán en el
futuro?
Vale
repasar un tercer set de experimentos referentes a la honestidad en otro marco:
el impuesto a la renta personal. Nada más cierto, nada más doloroso.
James
Alm y un grupo de coautores corrieron una serie de experimentos que sugieren
que existe una fuerte correlación de factores no relacionados con la
honestidad, que influyen en la evasión fiscal. En particular, señalaron a la
complejidad y la incertidumbre del proceso de hacer la declaración tributaria
como los más relevantes. Mediante intervenciones que actuaron en esta línea,
consiguieron impactos significativos en la corrección de las declaraciones.
Por
cierto que la honestidad también juega un papel importante en los impuestos. En
un estudio liderado por Lisa Shu que involucró académicos de Harvard, Toronto y
Duke, se presentó evidencia que respalda la idea de que el simple cambio de la
posición en donde se debe firmar una declaración de impuestos, del final para
el principio, aumenta la corrección de las declaraciones.
La
simple saliencia de las implicaciones morales de nuestros actos provoca
saludables conductas pro-sociales.
Entonces,
¿la moral es una cuestión cultural? Por cierto.
Pero
los economistas comportamentales y los neurocientistas están trayendo nuevas
miradas sobre como otros factores entran en juego, y cómo podemos inducir
comportamientos pro-sociales.
Daniel
Kahneman nos presentó un útil modelo para comprender como tomamos decisiones.
En su teoría de los dos sistemas decisorios sugiere que tenemos un pensamiento profundo
y esforzado que identificó como sistema 2, y tenemos un sistema 1 más rápido y
automático que está gobernado por heurísticas.
Nuestros
ideales y convicciones morales requieren de la activación de capacidades
intelectuales elevadas que son propias de nuestro Sistema 2. Pero al mismo
tiempo fuertes emociones están involucradas en formatearlos, heurísticas son
activadas por estímulos que encienden respuestas automáticas, algunas de ellas
profundamente codificadas en nuestro cerebro.
No
hay duda que las buenas influencias dan forma a nuestro carácter y nos ayudan a
crecer como tomadores de decisiones morales robustos. Como padres hacemos bien
en obstinadamente enseñar a nuestros hijos sobre las diferencias entre el bien
y el mal.
Sin
embargo, simultáneamente, el contexto que rodea una decisión particular brinda
señales a nuestro cerebro que pueden alimentar heurísticas buenas, aquellas que
nos empujan a saludables conductas pro-sociales.
No
nos gusta mentir, nos sentimos felices cuando nos ocupamos del otro, en un
adecuado contexto favorecemos las conductas honestas. Jugos y chispas en
nuestro cerebro alimentan esos mecanismos.
Al
reconocer que hay heurísticas involucradas en la moralidad de nuestras
acciones, adquirimos nuevas formas para interpretar actitudes poco saludables
de gente sana. Aun cuando factores culturales sientan las bases de nuestra moral,
en ciertos contextos conductas morales pueden ser fomentadas si ponemos los
empujoncitos o “nudges” adecuados.
Como
el joven Luke dijo a su maestro Obi Wan sobre su malvado padre Darth Vader:
“hay luz en él, lo puedo sentir”.
Tal
vez Luke no solamente estaba hablando de las capacidades cognitivas de su padre
para distinguir el bien del mal, sino que estaba hablando de los instintos
animales de Darth Vader. Y estaba pronto para conducirlo al lado luminoso de la
fuerza con pequeños nudges.
Nina Mazar, On Amir, y Dan Ariely en su
trabajo de 2008 “The Dishonesty of Honest People: A Theory of Self-Concept
Maintenance” presentan una reflexión interesante sobre la naturaleza de la
(des)honestidad a partir de considerar que la gente busca “un equilibrio entre
dos fuerzas motivacionales de las que se derivan algunos beneficios financieros
por actuar de forma deshonesta manteniendo un concepto positivo de sí mismos en
términos de su honestidad”. En términos generales encontraron que las personas
no demuestran gran sensibilidad a los costos y beneficios esperados de las
acciones deshonestas, sino que resultan más sensibles a manipulaciones de
contexto referidas al conceptos sobre ellos mismos. (http://people.duke.edu/~dandan/Papers/PI/Dishonest_JMR.pdf)
Uri Gneezy, profesor de la Graduate
School of Business de la University of Chicago, publicó en la American Economic
Review en 2005 un trabajo titulado “Deception: The Role of Consequences” en el
que testeó las hipótesis de “homo-economicus” que sugiere que nuestras acciones
están inspiradas en la maximización de nuestro propio bienestar
independientemente de los otros. (http://rady.ucsd.edu/faculty/directory/gneezy/pub/docs/deception.pdf)
Matthias Sutter en un trabajo de 2008
titulado “Deception Through Telling the
Truth?! Experimental Evidence From Individuals and Teams” realizó experimentos
en “engaños” observando las acciones propias (mentirosos o honrados), las
intenciones (benevolencia) y las hipótesis sobre los otros (sofisticados) (http://onlinelibrary.wiley.com/doi/10.1111/j.1468-0297.2008.02205.x/abstract;jsessionid=D753586C398510F27C95767E9E087F10.f01t02?userIsAuthenticated=false&deniedAccessCustomisedMessage=)
James Alm de Tulane University, Michael
Jones de Bridgewater State College, y Todd Cherry y Michael McKee de Walker
College of Business Appalachian State University Boone, testearon la
efectividad de programas de impuestos para mejorar la calidad de las
declaraciones de impuestos a partir del “paradigma de la administración fiscal
que ve a los contribuyentes como criminales potenciales” y de los mecanismos de
observancia tradicionales. (http://econ.tulane.edu/RePEc/pdf/tul1101.pdf)
En un trabajo conjunto de Lisa L. Shu,
Nina Mazar, Francesca Gino, Dan Ariely, y Max H. Bazerman se presenta una
interesante discusión sobre los efectos de cambiar el lugar de firma en
declaraciones escritas. (https://www.researchgate.net/publication/229053503_When_to_Sign_on_the_Dotted_Line_Signing_First_Makes_Ethics_Salient_and_Decreases_Dishonest_Self-Reports)
--------------------------------------------
Luke, meu filho, como você tem crescido tão
jedi.
É a
moral uma questão de cultura?
Parece
uma pergunta simples, como poderia não ser?
Apesar de alguma evidência contrária, a maioria de nós concorda que a
preocupação pelos outros é algo que nos molda no conselho dos nossos seres queridos, a inspiração dos
grandes pensadores e a espiritualidade da fé.
Qualquer
pai, sabe que a honestidade e a preocupação
pelos outros é algo que devemos passar para os nossos filhos, e ficamos com a
sensação da tarefa cumprida quando reconhecemos neles esses comportamentos sociais.
Porém, e
se estas condutas foram um pouco mais inatas do que pensamos?
Vários
estudos em neuroeconomia tem colocado foco nos caminhos do nosso cabeamento
neural quando somos enfrentados ao que os economistas comportamentais descrevem
como preferências sociais.
Alguns
neurotransmissores como a oxitocina tem um papel chave nos nossos sentimentos
frente a atitudes pro-sociais. O vínculo fica tão forte que existem registros
de que a administração intranasal de oxitocina provoca condutas de cooperação e
reciprocidade dentro dos grupos. Nesses episódios também existe ativação dos
centros de gratificação no cérebro.
Mesmo
assim, não foi possível reproduzir esses efeitos quando a interação se produz
entre sujeitos que não se sentem como parte do mesmo grupo. A evidência sugere que as interações pro-sociais
estimulam mais atividade neural quando podem conduzir ao fortalecimento de determinadas relações entre pessoas.
Parece
ser que temos alguns sistemas neurais na profundidade do nosso cérebro que nos
fazem sentir prazer quando colaboramos com pares. Prazer que nos empurra a
condutas pro-sociais, que fazem mais fortes aos grupos, e geram pessoas mais
saudáveis.
Mas
então, por que somos tão mentirosos?
Resulta
interessante verificar que tal vez não somos tão mentirosos como achamos. Talvez
a gravidade na nossa autoavaliação quanto a mentira pode estar exagerada e
tenha a sua raiz na dor que provoca em nós uma conduta tão pouco saudável.
Em
experimentos conduzidos por Nina Mazar, On Amir e Dan Ariely foi estudada a
propensão a fazer trapaça num grupo de estudantes.
O
experimento foi simples. Os estudantes deviam passar para o examinador o número de respostas certas em uma prova. Se responderem as 20 perguntas receberiam 40 dólares. O
examinador não ia verificar as respostas pelo que somente passando que tinham
respondido 20 da forma certa teriam 40 dólares na sua mão.
Surpreendentemente
(e talvez nem tanto) a média paga a cada estudante
foi somente de 10 dólares.
Depois
de tudo, esses estudantes nem resultaram tão mentirosos. O grupo de controle que
somente recebia pagamento se as respostas fossem certas, recebeu na média 6 dólares.
Uma reviravolta
interessante vem com uma versão um pouco diferente desse experimento. Nesse
caso, um terceiro grupo de estudantes, tinha de assinar um compromisso de
adesão ao código de ética da universidade antes de se dispor a resolver os
problemas (na verdade muitos deles nem tinham conhecimento da existência de um
código desses, porém era fácil imaginar o tipo de princípios que poderia
conter).
A
saliência de alguns princípios morais, mesmo que difusos, teve quase o mesmo
impacto que o examinador verificando a honestidade deles. Na média cada
estudante desse terceiro grupo recebeu um pagamento muito similar ao do grupo
de controle. Eles mesmos foram tão bons guardiões como os examinadores. Os
circuitos morais estavam lá, dormindo, mas foram ativados com facilidade por
uma vaga referência a princípios morais.
Um
outro experimento interessante foi realizado por Uri Gneezy, de Chicago. Nele
foi estudado o dilema moral de quem dâ um conselho. Nesse caso eram apresentadas duas
alternativas de divisão de dinheiro: na primeira o participante recebia 15
dólares e dava a sua contraparte 5, na segunda ele
recebia 5 e a sua contraparte 15.
Como
“conselheiro”, o participante A tem o dilema de fazer uma sugestão a sua
contraparte B sabendo que a opção que mais favorece a B é a que menos lhe
favorece e vice-versa. Os “conselheiros” foram informados que a sua contraparte
B nunca ia ter a possibilidade de ver quais as alternativas originais apresentadas.
Matthias
Sutter num experimento posterior tipificou quatro condutas possíveis nessas
situações. O participante A pode ser um “honrado benevolente” e falar aquilo que é melhor para B, um
“honrado sofisticado” que fala para B a verdade mas esperando que B suspeite do
conselho que recebe e faça a escolha errada, o simples “mentiroso” que assessora a B falando para ele
que faça a escolha pior para ele, ou um “mentiroso benevolente” que assessora
mal a B porém espera que não acredite nele e no final faça a escolha que o
beneficia.
Os
resultados de Gneezy (em linha com os que também achou Sutter) demostraram que 50%
dos
jogadores optaram por
falar a (divididos por metades entre os honrados sofisticados e benevolentes). Um de cada dois
participantes fez a escolha de ser honesto.
O
resultado é ainda mais significativo se considerarmos que o quando o jogo foi
proposto como uma opção direita, a B recebe direitamente o resultado que A escolhe,
quase 9 de cada 10 impõe ao outro a opção pior.
Esta
certo ficar com 15 e dar 5, desde não tenha que mentir para isso.
Mas
então, por que somos tão honestos? É que gostamos de nos ver como bons vizinhos? Acaso estamos programados para colaborar e
confiar nos outros membros do nosso grupo e quando o fazemos produzimos laços
que vão nos ajudar no futuro?
Vale
repassar um terceiro set de experimentos referentes à honestidade num outro
marco: o imposto de renda pessoal. Nada mais real, nem mais
doloroso.
James Alm
e um grupo de coautores correram uma serie de experimentos que sugerem que
existe uma forte correlação de fatores não relacionados com a honestidade, que
influenciam a evasão fiscal. Em particular, sinalaram à complexidade e as
incertezas do processo de preencher uma declaração de impostos como aqueles
mais relevantes. Usando intervenções que nessa linha, conseguiram impactos
significativos na veracidade das declarações.
Sem
dúvida a honestidade também tem um papel importante nos impostos. Num estudo
liderado por Lisa Shu que envolveu acadêmicos de Harvard, Toronto e Duke, foi apresentada evidência
que respalda a ideia de que a simples
troca
de posição onde tem
de ser assinada a declaração de impostos, do final para o principio, aumenta a veracidade
das declarações. A simples saliência das implicações morais dos nossos atos
provoca saudáveis condutas pro-sociais.
Então, a
moral é uma questão cultural? Com certeza.
Porém os
economistas comportamentais e os neurocientistas estão trazendo novos testes sobre como outros fatores entram em jogo,
e como podemos induzir comportamentos pro-sociais.
Daniel
Kahneman nos apresentou um útil modelo para compreender como tomamos decisões.
Na sua teoria dos dois sistemas decisórios sugere que temos um pensamento profundo
e esforçado que chamou de sistema 2, e temos
um sistema 1 mais rápido e automático que está governado por heurísticas.
Os
nossos ideais e convicções morais requerem da ativação de capacidades
intelectuais elevadas próprias do nosso Sistema 2. Porém ao mesmo tempo fortes emoções ficam
envolvidas para os formatar, heurísticas são acendidas por estímulos que
disparam respostas automáticas, algumas delas estão profundamente codificadas
no nosso cérebro.
Não há
dúvidas que as boas influencias formatam o nosso carácter e nos ajudam a crescer
como tomadores de decisões morais robustos. Como pais fazemos certo quando obstinadamente ensinamos aos nossos
filhos sobre as diferencias entre o bem e
o mal.
Porém, ao
mesmo tempo, o contexto que rodeia uma decisão particular brinda sinais ao nosso
cérebro que podem alimentar heurísticas boas, aquelas que nos empurram a
saudáveis condutas pro-sociais.
Não
gostamos de mentir, ficamos felizes quando nos ocupamos do outro, num adequado
contexto favorecemos as condutas honestas. Sucos e faíscas no nosso cérebro
alimentam esses mecanismos.
Se
reconhecermos que tem heurísticas envolvidas na moralidade das nossas ações,
conseguimos reinterpretar atitudes pouco saudáveis de pessoas sanas. Mesmo
quando fatores culturais são a base da nossa moral, em determinados contextos
condutas morais podem ser fomentadas se fazermos pequenas cutucadas ou “nudges”.
Como o
jovem Luke falou para o seu mestre Obi Wan sobre o seu malvado pai Darth Vader: “há luz nele, o posso sentir”.
Talvez Luke não somente estava falando das
capacidades cognitivas do seu pai para distinguir o bem do mal, mas estava falando dos
instintos animais de Darth Vader. E estava pronto para o conduzir ao lado luminoso
da força com pequenos nudges.
Nina Mazar, On Amir, e Dan Ariely en su
trabajo de 2008 “The Dishonesty of Honest People: A Theory of Self-Concept Maintenance”
apresentaram uma reflexão interessante sobre a natureza da (des)honestidade a
partir de considerar que a gente busca “um equilíbrio entre duas forças
motivacionais das que são derivdos alguns benefícios financeiros por atuar de uma
forma desonesta mantendo um conceito positivo de si mesmos em termos da sua
honestidade”. Em termos gerais encontraram que as personas não demonstram grande
sensibilidade aos custos y benefícios esperados das ações desonestas, mas que
resultam mais sensíveis à manipulações de contexto referidas a conceitos sobre
eles mesmos. (http://people.duke.edu/~dandan/Papers/PI/Dishonest_JMR.pdf)
Uri Gneezy, professor da Graduate School of
Business da University of Chicago, publicou na American Economic Review em 2005
u trabalho titulado “Deception: The Role of Consequences” no que testou as
hipóteses do “homo-economicus” que sugere que as nossas ações estão inspiradas
na maximização do nosso próprio bem-estar independe dos outros. (http://rady.ucsd.edu/faculty/directory/gneezy/pub/docs/deception.pdf)
Matthias Sutter num trabalho de 2008
titulado “Deception Through Telling the Truth?! Experimental Evidence From
Individuals and Teams” experimentou com “trapaças” observando as ações próprias
(mentirosos u honrados), as intenções (benevolência) e as hipóteses sobre os outros
(sofisticados) (http://onlinelibrary.wiley.com/doi/10.1111/j.1468-0297.2008.02205.x/abstract;jsessionid=D753586C398510F27C95767E9E087F10.f01t02?userIsAuthenticated=false&deniedAccessCustomisedMessage)
James Alm de Tulane University, Michael
Jones de Bridgewater State College, e Todd Cherry y Michael McKee de Walker
College of Business Appalachian State University Boone, testaram a efeitividade
de programas de impostos para melhorar a qualidade das declarações de impostos
a partir do “paradigma da administração fiscal que vê aos contribuintes como
criminais potenciais” e dos mecanismos de observação tradicionais. (http://econ.tulane.edu/RePEc/pdf/tul1101.pdf)
Num trabalho conjunto de Lisa L. Shu, Nina
Mazar, Francesca Gino, Dan Ariely, e Max H. Bazerman se apresenta uma interessante
discussão sobre os efeitos de cambiar o lugar de firma nas declarações
escritas. (https://www.researchgate.net/publication/229053503_When_to_Sign_on_the_Dotted_Line_Signing_First_Makes_Ethics_Salient_and_Decreases_Dishonest_Self-Reports)
--------------------------------------------
Luke, my son, how you have grown up so jedi
Is morale a cultural matter?
It seems to be an easy question. How cannot it be?
Despite some counterfactual evidence, most of us should agree that care
for others is being molded in the caring advice of our beloveds, the inspiring
thoughts of great thinkers, and the spirituality of our faith.
Any father knows that honesty and care for others is something we must
pass on to our sons, and we feel we have done our job once we recognise in our
offspring those pro-social behaviors.
But, what if those behaviors are more innate than we think?
Several studies in neuroeconomics focused on the shape of our brain
circuitry when we are faced to what behavioral economists call social
preferences.
Some neurotransmitters as oxytocin are known to play a key role in how
we feel about having pro-social attitudes. The link is so strong that the
administration of intranasal oxytocin is proven to cause an increase in
cooperation and reciprocation behaviors within the members of a group. Also,
activation of the reward areas of our brain is registered during these
pro-social episodes.
Interestingly enough, it is not possible to reproduce this effect when
the interaction is with subjects that are not felt as part of our own group.
Evidence suggests that those pro-social interactions elicit stronger activity
in our brain when they may increase the probability of building stronger
relationships.
It seems that there are some deep brain systems that make us feel
pleasure when we collaborate with confederates. Pleasure that pushes us toward
pro-social behaviors, enabling stronger societies, and healthier individuals.
So then, why are we such big liars?
It is interesting to see that we may not be that prone to lie as we
feel. Maybe this perception that we lie a lot has to do with the pain that such
unhealthy behaviors produce in us.
In some experiments performed by Nina Mazar, On Amir and Dan Ariely, the
propensity to cheat of some group of students was tested.
The experiment was quite simple. Students were asked to tell an examiner
the number of correct answers in a test, and they would receive up to 40
dollars for 20 correct answers. The examiner would not check if the answers
were correct. Students just showed 20 answer and cashed-in 40 dollars.
Surprisingly (or not that much), the average pay per student was just 10
dollars...
Those students resulted in not such big liars. The control group that
was paid after the examiner checked for the correct answers received, in
average, six dollars.
An interesting twist happened when they ran a slightly modified version
of this experiment. In this other case, a third group of students, prior to
solving the task, was required to sign an afidavit stating that they would act according
to the code of ethics of the school. In fact, many students did not even know
that there was such a code, but they could easily imagine what kind of
statements it might have had.
The saliency of some moral principles, even diffused, had almost the
same impact as an examiner overseeing their honesty. The average pay came very
close to the control group. They themselves were just as good enforcers as a
third party. Moral circuits were sleeping, but they were easily woken up with a
vague reference to moral precepts.
Another interesting experiment was run by Uri Gneezy, from Chicago,
regarding the moral dilemma of an advice. In this case subjects were presented
with two alternatives for money splitted between A and his counterpart B. The first
split gave A 15 dollars and 5 to his counterpart. The second one gave A 5 and 15
to his counterpart. The participant was required to “advise” his counterpart
what was the best option for him. As an “adviser” he faced the moral dilemma of
giving a suggestion that he knew was best for the other one but not for him, or
do it otherwise.
"Advisers" were told that their counterparts would never see
the alternatives they had been originally presented with.
Matthias Sutter, in another experiment characterized four behaviors that
might arise in these situations. Participant A may be a "benevolent
truthteller" and tell what really is best for B; a "sophisticated
truthteller", and tell the truth expecting B to distrust his advice choosing
wrongly for himself; a simple "liar" who gives bad advice waiting for
B to pick it up; or a "benevolent liar" who gives B bad advice
expecting him to distrust it, and by means of that delivering what is best for
B's interests.
The results presented by Gneezy (in line with those of Sutter) reported
that almost 50% of the players opted for telling the truth (splitted almost in
halves between benevolent and sophisticated truthtellers). That is to say that
one in two participants chose to be honest.
The result is more significant when considering that if the game is
proposed as a direct choice of the participant, meaning that B just receives
the outcome of A’s decision, almost 9 in 10 impose the worst option to their
peer.
It is ok to get 15 and give 5, as long as we don't need to lie for that.
So why are we so honest? Is it that we like to see ourselves as
good citizens? Is it that we are wired to collaborate and trust our group
members and by doing so we build bonds that will help us in the future?
A third interesting set of experiments regarding honesty were run in a
different frame: personal taxes. Nothing more certain, nothing more painful.
James Alm and his co-authors run a series of experiments whose results
suggested stronger correlations with factors other than honesty, influencing
tax evasion. In particular, they pointed to the complexity and uncertainty of
the tax declaration process. Interventions aimed at reducing those two factors
had significant impact on the compliance.
For sure honesty plays a role in taxes. In a research led by Lisa Shu
that involved academics from Harvard, Toronto and Duke, evidence was presented
backing the idea that simply by changing the place where people were supposed
to sign in a tax form, from the bottom to the very top, compliance of
declarations increased.
The simple saliency of moral implications of our acts favor healthy pro-social
attitudes.
So, is morale a cultural matter? Definitely so.
But behavioral economics and neuroscience are bringing some insights on
how other factors come into play, and how we can induce more pro-social
behaviors.
Daniel Kahneman presented us with a useful system to model and
understand the way we make decisions. His theory of two decision systems
suggest that we have a deep thinking and effortful system 2, and we have a
quicker and automatic system 1 that is ruled by heuristics.
Ideals and moral beliefs demand for the activation of high level
intellectual skills that are property of our System 2. But at the same time,
strong emotions are involved in its shaping, heuristics are activated by cues
that ignite automatic responses, some of them hard coded in our brain.
There is no doubt that good influences shape character and help to build
more robust moral decision makers. As parents, we do well in stubbornly teach
differences between good and bad to our kids.
However, at the same time, the context that surrounds any particular
decision provides cues to our brain that can feed good heuristics, those that
push us onto healthy social behaviors.
We don't like to lie, we find happiness in caring for the other, and if presented with the appropriate context,
we favor honesty. Juices and sparks in our brain feed those artifacts.
By recognizing that there are heuristics involved in the morality of our
acts, we gain new tools to understand unhealthy attitudes from healthy people.
Although cultural facts set the grounds for our morale, under certain contexts
moral behaviors may be encouraged if we put the proper nudges in place.
As young Luke told his master Obi Wan about his devious father Darth
Vader: “there is light in him, I can feel it”.
Maybe Luke was not only speaking about his father's cognitive
understanding of the good and the bad, but about Darth Vader's mammal
instincts. And he was ready to nudge the path to the light side of the force.
Nina Mazar, On Amir, and Dan Ariely in their 2008
paper “The Dishonesty of Honest People: A Theory of Self-Concept Maintenance”
provide an interesting reflection on the nature of (dis)honesty by considering
that people try to find “an equilibrium between two motivating forces, such
that they derive some financial benefit from behaving dishonestly but still
maintain their positive self-concept in terms of being honest.” In general they
found that people seem to be rather insentitive to expected costs and benefits
of dishonest acts, but sensitive to contextual manipulations related to the
self-concept. (http://people.duke.edu/~dandan/Papers/PI/Dishonest_JMR.pdf)
Uri Gneezy, professor at the Graduate School of
Business of the University of Chicago, published in the American Economic
Review in 2005, a paper entitled “Deception: The Role of Consequences” in which
he tests the “homo-economicus” hypothesis where our actions are inspired by the
maximization of our own well-being regardless of the others. (http://rady.ucsd.edu/faculty/directory/gneezy/pub/docs/deception.pdf)
Matthias Sutter in a 2008 paper entitled “Deception
Through Telling the Truth?! Experimental Evidence From Individuals and Teams”
run experiments on cheating and provided an interesting classification of liars
regarding both their own actions (liar or truthteller), intentions
(benevolence) and their assumption of the others’ trust (sophisticated). (http://onlinelibrary.wiley.com/doi/10.1111/j.1468-0297.2008.02205.x/abstract;jsessionid=D753586C398510F27C95767E9E087F10.f01t02?userIsAuthenticated=false&deniedAccessCustomisedMessage=)
James Alm from Tulane University, Michael Jones from
Bridgewater State College, and Todd Cherry and Michael McKee from Walker
College of Business Appalachian State University Boone, run tests about the
effectiveness of taxpayers’ programs to improve tax declarations compliance,
departing from the ‘paradigm of tax administration views taxpayers as potential
criminals’ and the traditional enforcement mechanism.(http://econ.tulane.edu/RePEc/pdf/tul1101.pdf)
In a joint paper by Lisa L. Shu, Nina Mazar, Francesca
Gino, Dan Ariely, and Max H. Bazerman an interesting discussion is made on the
effects of changing the place of a signature on a self-report. (https://www.researchgate.net/publication/229053503_When_to_Sign_on_the_Dotted_Line_Signing_First_Makes_Ethics_Salient_and_Decreases_Dishonest_Self-Reports)
No hay comentarios:
Publicar un comentario