martes, 27 de diciembre de 2016

O burro e a cenoura en el blog de Economia Comportamental de Brasil

Post Publicado en el Blog del Economia Comportamental de Brasil sobre Economía comportamental y Recursos Humanos el 19/12/2016

O burro e a cenoura http://www.economiacomportamental.org/nacionais/o-burro-e-a-cenoura/

El sitio Economia Comportamental mantiene un activo foro de discusión y difusión en portugués de temáticas referidas a la Economía comportamental. http://www.economiacomportamental.org

lunes, 31 de octubre de 2016

Serie BE y Educación en IMEC (2 de 3)

Post Publicado en el Blog del Instituto Mexicano de Comportamiento sobre Economía comportamental y Recursos Humanos el 31/10/2016

¿Realmente Crees Que Te Irá Mejor En Clases Si Estudias Más? Si Es Así, Quizás Esta Lectura No Sea Agradable. http://www.ecomportamiento.org/blog/examenes

El Instituto Mexicano de Economía del Comportamiento continúa una serie de artículos de difusión referidos a la Economía comportamental. http://www.ecomportamiento.org/blog/

miércoles, 14 de septiembre de 2016

Serie BE y Educación en IMEC (1 de 3)

Post Publicado en el Blog del Instituto Mexicano de Comportamiento sobre Economía comportamental y Recursos Humanos el 2/9/2016

El Fenómeno Del Abandono Escolar, Desde Una Perspectiva De Comportamiento. http://www.ecomportamiento.org/blog/abandono

El Instituto Mexicano de Economía del Comportamiento inició una serie de artículos de difusión referidos a la Economía comportamental. http://www.ecomportamiento.org/blog/

viernes, 29 de julio de 2016

Cursillo de economía comportamental

Bienvenidos a las sesiones web de Introducción a la Economía Comportamental desarrolladas para el curso de microeconomía de la Facultad de Ciencias Económicas.

Para comenzar, me gustaría invitarlos con un pequeño acertijo.
Un bate y una pelota cuestan $1,10, el bate cuesta 1 dólar más que la pelota, cuanto piensan que cuesta la pelota?
La mayoría de nosotros cuando somos enfrentados a este problema respondemos que la pelota cuesta 10 centavos, lo que es un error.
Si la pelota costara 10 centavos, el bate costaria un dólar diez y el conjunto costaría un dólar veinte.

Por que tantos de nosotros cometemos este error aparentemente tan tonto? No parece un problema de difícil calculo.

Daniel Kahneman, psicólogo ganador del premio nobel de economía en el año 2002, nos propone una interpretación interesante para este tipo de errores.

Según él, nuestro cerebro se organiza en torno a dos sistemas. Un Sistema 1 que es rápido, no demanda esfuerzo, y funciona automáticamente, y un Sistema 2 que es lento, deliberativo, y con un proceso mental controlado.

La idea parece bastante intuitiva, tenemos dentro nuestro un Homero Simpson batallando con un Sr. Spock. Por un lado somos, como postula la teoría económica, racionales fríos, calculadores y por lo tanto predecibles. Pero simultáneamente somos pasionales, impulsivos, irreflexivos, y sorprendentemente, también somos muy predecibles en ese aspecto, somos predeciblemente irracionales.

Esa predictibilidad se basa en que nuestro sistema intuitivo sigue ciertos automatismos (“heurísticas”) que nos conducen a decisiones que a veces pueden ser “irracionales” y hasta pueden inducirnos a errores.

La economía comportamental no es más que economía estandar donde, a partir de reconocer estos sesgos de nuestro proceso decisorio, se suplantan los supuestos de conductas racionales por estructuras más realistas que provienen de la psicología y la neurociencia y que terminan siendo más completas.

Esta serie de 8 videos de aproximadamente 10 minutos cada uno están organizados en dos clases con sus referencias bibliográficas y pequeños quizzes para facilitar la comprensión de la temática. En ellos repasaremos las reglas que comandan nuestro sistema 1 y como este interactúa con nuestro sistema 2.

Espero disfruten de ellas.

Acceso

jueves, 19 de mayo de 2016

Luke, hijo mío, como creciste tan jedi!

Luke, hijo mío, como creciste tan jedi.

¿Es la moral una cuestión de cultura?
Parece una pregunta fácil ¿Como podría no serlo?
A pesar de alguna evidencia contrafáctica, la mayoría de nosotros concuerda en que la preocupación por los demás es algo que se moldea en el consejo de nuestros queridos, la inspiración de los grandes pensadores y la espiritualidad de la fe.
Cualquier padre sabe que la honestidad y la preocupación por los demás es algo que debemos pasar a nuestros hijos, y nos invade la sensación de la tarea cumplida cuando reconocemos en ellos esos comportamientos colectivos.

Pero, ¿y si esas conductas resultaran un poco más innatas de lo que pensamos?
Varios estudios en neuroeconomía pusieron foco en los caminos de nuestra plomería neural cuando somos enfrentados a lo que los economistas comportamentales describen como preferencias sociales.
Algunos neurotransmisores como la oxitocina juegan un papel clave en nuestros sentimientos ante actitudes pro-sociales. El vínculo es tan fuerte que existen registros de que la administración intranasal de oxitocina provoca conductas de cooperación y reciprocidad intragrupales. En esos episodios también se registra activación de los centros de gratificación en el cerebro.
Sin embargo, no fue posible reproducir estos efectos cuando la interacción se produce entre sujetos que no se perciben como formando parte del mismo grupo. La evidencia sugiere que esas interacciones pro-sociales estimulan mayor actividad neural cuando pueden conducir al fortalecimiento de determinadas relaciones interpersonales.
Parece ser que hay algunos sistemas neurales en la profundidad de nuestro cerebro que hace que sintamos placer cuando colaboramos con pares. Placer que nos empuja a conductas pro-sociales, que hacen más fuertes a los grupos, y conducen a individuos más saludables.


Pero entonces, ¿por qué somos tan mentirosos?
Es interesante comprobar que tal vez no somos tan mentirosos como lo sentimos. Incluso la severidad de nuestra autoevaluación con respecto a la mentira puede estar exagerada y encuentre su raíz en el dolor que nos provoca una conducta tan poco saludable.
En experimentos conducidos por Nina Mazar, On Amir y Dan Ariely se estudió la propensión a hacer trampa en un grupo de estudiantes.
El experimento fue bastante sencillo. Se pidió a los estudiantes que reporten a un examinador el número de respuestas correctas de un test que realizaban. Si conseguían contestar las 20 preguntas se les iba a dar 40 dólares. El examinador no verificaría si las respuestas eran correctas. Los estudiantes solamente reportaban que habían respondido 20 correctamente y tendrían 40 dólares en su mano.
Sorprendentemente (y tal vez no tanto) el promedio pagado a cada estudiante fue solamente de 10 dólares.

Después de todo, estos estudiantes resultaron no ser tan mentirosos. El grupo de control al que solamente se le pagaba si las respuestas eran efectivamente correctas, recibió en promedio 6 dólares.

Una vuelta de tuerca interesante se produjo en una versión ligeramente modificada de este experimento. En este caso, un tercer grupo de estudiantes, debía firmar un compromiso de adhesión al código de ética de la universidad antes de disponerse a resolver los problemas (de hecho, muchos estudiantes ni sabían de la existencia de dicho código, aunque podían imaginar fácilmente que tipo de principios él contendría).
La saliencia de algunos principios morales, aunque difusos, tuvo prácticamente el mismo impacto que el examinador verificando su honestidad. El promedio recibido por cada estudiante de este tercer grupo fue muy similar al del grupo de control. Ellos mismos fueron tan buenos guardianes como un tercero. Los circuitos morales estaban ahí, durmiendo, pero fueron fácilmente activados con una vaga referencia a preceptos morales.


Otro interesante experimento fue realizado por Uri Gneezy, de Chicago. En él se involucró el dilema moral de quien aconseja. En este caso se presentaban dos alternativas de división de dinero: en una el participante recibía 15 dólares y daba a su contraparte 5, y en otra él recibía 5 y su contraparte 15.
Como “consejero”, el participante A es enfrentado al dilema de aconsejar a su contraparte B sabiendo que la opción que más favorece a B es la que menos le favorece y viceversa. Los “consejeros” eran informados que su contraparte B nunca iba a ver las alternativas originales que le fueron presentadas a él.

Matthias Sutter en un experimento posterior caracterizó cuatro tipo de conductas que pueden surgir en estas situaciones. El participante A puede ser un “honrado benevolente” y decir lo que es mejor para B, un “honrado sofisticado” que dice a B la verdad esperando que B sospeche de su consejo y termine escogiendo errado, un simple “mentiroso” que asesora a B diciéndole que elija lo que es malo para él, o un “mentiroso benevolente” que asesora mal a B pero espera que no le crea y por tanto elija la opción que lo beneficia.

Los resultados de Gneezy (alineados con los que también encontró Sutter) demostraron que el 50% de los jugadores optaron por decir la verdad (divididos por mitades entre los honrados sofisticados y benevolentes). Es decir, uno de cada dos participantes optó por ser honesto.
El resultado es aún más significativo cuando consideramos que si el juego es propuesto como una opción directa, es decir B recibirá directamente el resultado que A elige, casi 9 de cada 10 impone al otro la opción peor.
Está bien quedarse con 15 y dar 5, siempre y cuando no tenga que mentir para ello.


Pero entonces, ¿por qué somos tan honestos? ¿Es que nos gusta reconocernos como buenos samaritanos? ¿Es acaso que estamos cableados para colaborar y confiar en otros miembros de nuestro grupo y al hacerlo construimos lazos que nos ayudarán en el futuro?


Vale repasar un tercer set de experimentos referentes a la honestidad en otro marco: el impuesto a la renta personal. Nada más cierto, nada más doloroso.
James Alm y un grupo de coautores corrieron una serie de experimentos que sugieren que existe una fuerte correlación de factores no relacionados con la honestidad, que influyen en la evasión fiscal. En particular, señalaron a la complejidad y la incertidumbre del proceso de hacer la declaración tributaria como los más relevantes. Mediante intervenciones que actuaron en esta línea, consiguieron impactos significativos en la corrección de las declaraciones.
Por cierto que la honestidad también juega un papel importante en los impuestos. En un estudio liderado por Lisa Shu que involucró académicos de Harvard, Toronto y Duke, se presentó evidencia que respalda la idea de que el simple cambio de la posición en donde se debe firmar una declaración de impuestos, del final para el principio, aumenta la corrección de las declaraciones.
La simple saliencia de las implicaciones morales de nuestros actos provoca saludables conductas pro-sociales.


Entonces, ¿la moral es una cuestión cultural? Por cierto.
Pero los economistas comportamentales y los neurocientistas están trayendo nuevas miradas sobre como otros factores entran en juego, y cómo podemos inducir comportamientos pro-sociales.
Daniel Kahneman nos presentó un útil modelo para comprender como tomamos decisiones. En su teoría de los dos sistemas decisorios sugiere que tenemos un pensamiento profundo y esforzado que identificó como sistema 2, y tenemos un sistema 1 más rápido y automático que está gobernado por heurísticas.
Nuestros ideales y convicciones morales requieren de la activación de capacidades intelectuales elevadas que son propias de nuestro Sistema 2. Pero al mismo tiempo fuertes emociones están involucradas en formatearlos, heurísticas son activadas por estímulos que encienden respuestas automáticas, algunas de ellas profundamente codificadas en nuestro cerebro.

No hay duda que las buenas influencias dan forma a nuestro carácter y nos ayudan a crecer como tomadores de decisiones morales robustos. Como padres hacemos bien en obstinadamente enseñar a nuestros hijos sobre las diferencias entre el bien y el mal.


Sin embargo, simultáneamente, el contexto que rodea una decisión particular brinda señales a nuestro cerebro que pueden alimentar heurísticas buenas, aquellas que nos empujan a saludables conductas pro-sociales.
No nos gusta mentir, nos sentimos felices cuando nos ocupamos del otro, en un adecuado contexto favorecemos las conductas honestas. Jugos y chispas en nuestro cerebro alimentan esos mecanismos.

Al reconocer que hay heurísticas involucradas en la moralidad de nuestras acciones, adquirimos nuevas formas para interpretar actitudes poco saludables de gente sana. Aun cuando factores culturales sientan las bases de nuestra moral, en ciertos contextos conductas morales pueden ser fomentadas si ponemos los empujoncitos o “nudges” adecuados.

Como el joven Luke dijo a su maestro Obi Wan sobre su malvado padre Darth Vader: “hay luz en él, lo puedo sentir”.
Tal vez Luke no solamente estaba hablando de las capacidades cognitivas de su padre para distinguir el bien del mal, sino que estaba hablando de los instintos animales de Darth Vader. Y estaba pronto para conducirlo al lado luminoso de la fuerza con pequeños nudges.







Nina Mazar, On Amir, y Dan Ariely en su trabajo de 2008 “The Dishonesty of Honest People: A Theory of Self-Concept Maintenance” presentan una reflexión interesante sobre la naturaleza de la (des)honestidad a partir de considerar que la gente busca “un equilibrio entre dos fuerzas motivacionales de las que se derivan algunos beneficios financieros por actuar de forma deshonesta manteniendo un concepto positivo de sí mismos en términos de su honestidad”. En términos generales encontraron que las personas no demuestran gran sensibilidad a los costos y beneficios esperados de las acciones deshonestas, sino que resultan más sensibles a manipulaciones de contexto referidas al conceptos sobre ellos mismos. (http://people.duke.edu/~dandan/Papers/PI/Dishonest_JMR.pdf)


Uri Gneezy, profesor de la Graduate School of Business de la University of Chicago, publicó en la American Economic Review en 2005 un trabajo titulado “Deception: The Role of Consequences” en el que testeó las hipótesis de “homo-economicus” que sugiere que nuestras acciones están inspiradas en la maximización de nuestro propio bienestar independientemente de los otros. (http://rady.ucsd.edu/faculty/directory/gneezy/pub/docs/deception.pdf)


Matthias Sutter en un trabajo de 2008 titulado “Deception Through Telling the Truth?! Experimental Evidence From Individuals and Teams” realizó experimentos en “engaños” observando las acciones propias (mentirosos o honrados), las intenciones (benevolencia) y las hipótesis sobre los otros (sofisticados) (http://onlinelibrary.wiley.com/doi/10.1111/j.1468-0297.2008.02205.x/abstract;jsessionid=D753586C398510F27C95767E9E087F10.f01t02?userIsAuthenticated=false&deniedAccessCustomisedMessage=)


James Alm de Tulane University, Michael Jones de Bridgewater State College, y Todd Cherry y Michael McKee de Walker College of Business Appalachian State University Boone, testearon la efectividad de programas de impuestos para mejorar la calidad de las declaraciones de impuestos a partir del “paradigma de la administración fiscal que ve a los contribuyentes como criminales potenciales” y de los mecanismos de observancia tradicionales.  (http://econ.tulane.edu/RePEc/pdf/tul1101.pdf)

En un trabajo conjunto de Lisa L. Shu, Nina Mazar, Francesca Gino, Dan Ariely, y Max H. Bazerman se presenta una interesante discusión sobre los efectos de cambiar el lugar de firma en declaraciones escritas. (https://www.researchgate.net/publication/229053503_When_to_Sign_on_the_Dotted_Line_Signing_First_Makes_Ethics_Salient_and_Decreases_Dishonest_Self-Reports)


--------------------------------------------




Luke, meu filho, como você tem crescido tão jedi.

É a moral uma questão de cultura?
Parece uma pergunta simples, como poderia não ser? 
Apesar de alguma evidência contrária, a maioria de nós concorda que a preocupação pelos outros é algo que nos molda no conselho dos nossos seres queridos, a inspiração dos grandes pensadores e a espiritualidade da fé.
Qualquer pai, sabe que a honestidade e a preocupação pelos outros é algo que devemos passar para os nossos filhos, e ficamos com a sensação da tarefa cumprida quando reconhecemos neles esses comportamentos sociais.

Porém, e se estas condutas foram um pouco mais inatas do que pensamos?
Vários estudos em neuroeconomia tem colocado foco nos caminhos do nosso cabeamento neural quando somos enfrentados ao que os economistas comportamentais descrevem como preferências sociais.
Alguns neurotransmissores como a oxitocina tem um papel chave nos nossos sentimentos frente a atitudes pro-sociais. O vínculo fica tão forte que existem registros de que a administração intranasal de oxitocina provoca condutas de cooperação e reciprocidade dentro dos grupos. Nesses episódios também existe ativação dos centros de gratificação no cérebro.
Mesmo assim, não foi possível reproduzir esses efeitos quando a interação se produz entre sujeitos que não se sentem como parte do mesmo grupo. A evidência sugere que as interações pro-sociais estimulam mais atividade neural quando podem conduzir ao fortalecimento de determinadas relações entre pessoas.
Parece ser que temos alguns sistemas neurais na profundidade do nosso cérebro que nos fazem sentir prazer quando colaboramos com pares. Prazer que nos empurra a condutas pro-sociais, que fazem mais fortes aos grupos, e geram pessoas mais saudáveis.


Mas então, por que somos tão mentirosos?
Resulta interessante verificar que tal vez não somos tão mentirosos como achamos. Talvez a gravidade na nossa autoavaliação quanto a mentira pode estar exagerada e tenha a sua raiz na dor que provoca em nós uma conduta tão pouco saudável.
Em experimentos conduzidos por Nina Mazar, On Amir e Dan Ariely foi estudada a propensão a fazer trapaça num grupo de estudantes.
O experimento foi simples. Os estudantes deviam passar para o examinador o número de respostas certas em uma prova. Se responderem as 20 perguntas receberiam 40 dólares. O examinador não ia verificar as respostas pelo que somente passando que tinham respondido 20 da forma certa teriam 40 dólares na sua mão.
Surpreendentemente (e talvez nem tanto) a média paga a cada estudante foi somente de 10 dólares.

Depois de tudo, esses estudantes nem resultaram tão mentirosos. O grupo de controle que somente recebia pagamento se as respostas fossem certas, recebeu na média 6 dólares.

Uma reviravolta interessante vem com uma versão um pouco diferente desse experimento. Nesse caso, um terceiro grupo de estudantes, tinha de assinar um compromisso de adesão ao código de ética da universidade antes de se dispor a resolver os problemas (na verdade muitos deles nem tinham conhecimento da existência de um código desses, porém era fácil imaginar o tipo de princípios que poderia conter).
A saliência de alguns princípios morais, mesmo que difusos, teve quase o mesmo impacto que o examinador verificando a honestidade deles. Na média cada estudante desse terceiro grupo recebeu um pagamento muito similar ao do grupo de controle. Eles mesmos foram tão bons guardiões como os examinadores. Os circuitos morais estavam lá, dormindo, mas foram ativados com facilidade por uma vaga referência a princípios morais.


Um outro experimento interessante foi realizado por Uri Gneezy, de Chicago. Nele foi estudado o dilema moral de quem um conselho. Nesse caso eram apresentadas duas alternativas de divisão de dinheiro: na primeira o participante recebia 15 dólares e dava a sua contraparte 5, na segunda ele recebia 5 e a sua contraparte 15. 
Como “conselheiro”, o participante A tem o dilema de fazer uma sugestão a sua contraparte B sabendo que a opção que mais favorece a B é a que menos lhe favorece e vice-versa. Os “conselheiros” foram informados que a sua contraparte B nunca ia ter a possibilidade de ver quais as alternativas originais apresentadas.

Matthias Sutter num experimento posterior tipificou quatro condutas possíveis nessas situações. O participante A pode ser um “honrado benevolente” e falar aquilo que é melhor para B, um “honrado sofisticado” que fala para B a verdade mas esperando que B suspeite do conselho que recebe e faça a escolha errada, o simples “mentiroso” que assessora a B falando para ele que faça a escolha pior para ele, ou um “mentiroso benevolente” que assessora mal a B porém espera que não acredite nele e no final faça a escolha que o beneficia. 

Os resultados de Gneezy (em linha com os que também achou Sutter) demostraram que 50% dos jogadores optaram por falar a (divididos por metades entre os honrados sofisticados e benevolentes). Um de cada dois participantes fez a escolha de ser honesto.
O resultado é ainda mais significativo se considerarmos que o quando o jogo foi proposto como uma opção direita, a B recebe direitamente o resultado que A escolhe, quase 9 de cada 10 impõe ao outro a opção pior.
Esta certo ficar com 15 e dar 5, desde não tenha que mentir para isso.


Mas então, por que somos tão honestos? É que gostamos de nos ver como bons vizinhos? Acaso estamos programados para colaborar e confiar nos outros membros do nosso grupo e quando o fazemos produzimos laços que vão nos ajudar no futuro?


Vale repassar um terceiro set de experimentos referentes à honestidade num outro marco: o imposto de renda pessoal. Nada mais real, nem mais doloroso.
James Alm e um grupo de coautores correram uma serie de experimentos que sugerem que existe uma forte correlação de fatores não relacionados com a honestidade, que influenciam a evasão fiscal. Em particular, sinalaram à complexidade e as incertezas do processo de preencher uma declaração de impostos como aqueles mais relevantes. Usando intervenções que nessa linha, conseguiram impactos significativos na veracidade das declarações.
Sem dúvida a honestidade também tem um papel importante nos impostos. Num estudo liderado por Lisa Shu que envolveu acadêmicos de Harvard, Toronto e Duke, foi apresentada evidência que respalda a ideia de que a simples troca de posição onde tem de ser assinada a declaração de impostos, do final para o principio, aumenta a veracidade das declarações. A simples saliência das implicações morais dos nossos atos provoca saudáveis condutas pro-sociais.


Então, a moral é uma questão cultural? Com certeza.
Porém os economistas comportamentais e os neurocientistas estão trazendo novos testes sobre como outros fatores entram em jogo, e como podemos induzir comportamentos pro-sociais.
Daniel Kahneman nos apresentou um útil modelo para compreender como tomamos decisões. Na sua teoria dos dois sistemas decisórios sugere que temos um pensamento profundo e esforçado que chamou de sistema 2, e temos um sistema 1 mais rápido e automático que está governado por heurísticas.
Os nossos ideais e convicções morais requerem da ativação de capacidades intelectuais elevadas próprias do nosso Sistema 2. Porém ao mesmo tempo fortes emoções ficam envolvidas para os formatar, heurísticas são acendidas por estímulos que disparam respostas automáticas, algumas delas estão profundamente codificadas no nosso cérebro.

Não há dúvidas que as boas influencias formatam o nosso carácter e nos ajudam a crescer como tomadores de decisões morais robustos. Como pais fazemos certo quando obstinadamente ensinamos aos nossos filhos sobre as diferencias entre o bem e o mal.


Porém, ao mesmo tempo, o contexto que rodeia uma decisão particular brinda sinais ao nosso cérebro que podem alimentar heurísticas boas, aquelas que nos empurram a saudáveis condutas pro-sociais.
Não gostamos de mentir, ficamos felizes quando nos ocupamos do outro, num adequado contexto favorecemos as condutas honestas. Sucos e faíscas no nosso cérebro alimentam esses mecanismos. 

Se reconhecermos que tem heurísticas envolvidas na moralidade das nossas ações, conseguimos reinterpretar atitudes pouco saudáveis de pessoas sanas. Mesmo quando fatores culturais são a base da nossa moral, em determinados contextos condutas morais podem ser fomentadas se fazermos pequenas cutucadas ou “nudges”.

Como o jovem Luke falou para o seu mestre Obi Wan sobre o seu malvado pai Darth Vader: “há luz nele, o posso sentir”.
Talvez Luke não somente estava falando das capacidades cognitivas do seu pai para distinguir o bem do mal, mas estava falando dos instintos animais de Darth Vader. E estava pronto para o conduzir ao lado luminoso da força com pequenos nudges.







Nina Mazar, On Amir, e Dan Ariely en su trabajo de 2008 “The Dishonesty of Honest People: A Theory of Self-Concept Maintenance” apresentaram uma reflexão interessante sobre a natureza da (des)honestidade a partir de considerar que a gente busca “um equilíbrio entre duas forças motivacionais das que são derivdos alguns benefícios financeiros por atuar de uma forma desonesta mantendo um conceito positivo de si mesmos em termos da sua honestidade”. Em termos gerais encontraram que as personas não demonstram grande sensibilidade aos custos y benefícios esperados das ações desonestas, mas que resultam mais sensíveis à manipulações de contexto referidas a conceitos sobre eles mesmos. (http://people.duke.edu/~dandan/Papers/PI/Dishonest_JMR.pdf)


Uri Gneezy, professor da Graduate School of Business da University of Chicago, publicou na American Economic Review em 2005 u trabalho titulado “Deception: The Role of Consequences” no que testou as hipóteses do “homo-economicus” que sugere que as nossas ações estão inspiradas na maximização do nosso próprio bem-estar independe dos outros. (http://rady.ucsd.edu/faculty/directory/gneezy/pub/docs/deception.pdf)


Matthias Sutter num trabalho de 2008 titulado “Deception Through Telling the Truth?! Experimental Evidence From Individuals and Teams” experimentou com “trapaças” observando as ações próprias (mentirosos u honrados), as intenções (benevolência) e as hipóteses sobre os outros (sofisticados) (http://onlinelibrary.wiley.com/doi/10.1111/j.1468-0297.2008.02205.x/abstract;jsessionid=D753586C398510F27C95767E9E087F10.f01t02?userIsAuthenticated=false&deniedAccessCustomisedMessage)


James Alm de Tulane University, Michael Jones de Bridgewater State College, e Todd Cherry y Michael McKee de Walker College of Business Appalachian State University Boone, testaram a efeitividade de programas de impostos para melhorar a qualidade das declarações de impostos a partir do “paradigma da administração fiscal que vê aos contribuintes como criminais potenciais” e dos mecanismos de observação tradicionais.  (http://econ.tulane.edu/RePEc/pdf/tul1101.pdf)


Num trabalho conjunto de Lisa L. Shu, Nina Mazar, Francesca Gino, Dan Ariely, e Max H. Bazerman se apresenta uma interessante discussão sobre os efeitos de cambiar o lugar de firma nas declarações escritas. (https://www.researchgate.net/publication/229053503_When_to_Sign_on_the_Dotted_Line_Signing_First_Makes_Ethics_Salient_and_Decreases_Dishonest_Self-Reports)




--------------------------------------------




Luke, my son, how  you have grown up so jedi

Is morale a cultural matter?
It seems to be an easy question. How cannot it be?
Despite some counterfactual evidence, most of us should agree that care for others is being molded in the caring advice of our beloveds, the inspiring thoughts of great thinkers, and the spirituality of our faith.
Any father knows that honesty and care for others is something we must pass on to our sons, and we feel we have done our job once we recognise in our offspring those pro-social behaviors.

But, what if those behaviors are more innate than we think?
Several studies in neuroeconomics focused on the shape of our brain circuitry when we are faced to what behavioral economists call social preferences.
Some neurotransmitters as oxytocin are known to play a key role in how we feel about having pro-social attitudes. The link is so strong that the administration of intranasal oxytocin is proven to cause an increase in cooperation and reciprocation behaviors within the members of a group. Also, activation of the reward areas of our brain is registered during these pro-social episodes.
Interestingly enough, it is not possible to reproduce this effect when the interaction is with subjects that are not felt as part of our own group. Evidence suggests that those pro-social interactions elicit stronger activity in our brain when they may increase the probability of building stronger relationships.
It seems that there are some deep brain systems that make us feel pleasure when we collaborate with confederates. Pleasure that pushes us toward pro-social behaviors, enabling stronger societies, and healthier individuals.


So then, why are we such big liars?
It is interesting to see that we may not be that prone to lie as we feel. Maybe this perception that we lie a lot has to do with the pain that such unhealthy behaviors produce in us.
In some experiments performed by Nina Mazar, On Amir and Dan Ariely, the propensity to cheat of some group of students was tested.
The experiment was quite simple. Students were asked to tell an examiner the number of correct answers in a test, and they would receive up to 40 dollars for 20 correct answers. The examiner would not check if the answers were correct. Students just showed 20 answer and cashed-in 40 dollars.
Surprisingly (or not that much), the average pay per student was just 10 dollars...

Those students resulted in not such big liars. The control group that was paid after the examiner checked for the correct answers received, in average, six dollars.

An interesting twist happened when they ran a slightly modified version of this experiment. In this other case, a third group of students, prior to solving the task, was required to sign an afidavit stating that they would act according to the code of ethics of the school. In fact, many students did not even know that there was such a code, but they could easily imagine what kind of statements it might have had.
The saliency of some moral principles, even diffused, had almost the same impact as an examiner overseeing their honesty. The average pay came very close to the control group. They themselves were just as good enforcers as a third party. Moral circuits were sleeping, but they were easily woken up with a vague reference to moral precepts.

Another interesting experiment was run by Uri Gneezy, from Chicago, regarding the moral dilemma of an advice. In this case subjects were presented with two alternatives for money splitted between A and his counterpart B. The first split gave A 15 dollars and 5 to his counterpart. The second one gave A 5 and 15 to his counterpart. The participant was required to “advise” his counterpart what was the best option for him. As an “adviser” he faced the moral dilemma of giving a suggestion that he knew was best for the other one but not for him, or do it otherwise.
"Advisers" were told that their counterparts would never see the alternatives they had been originally presented with.

Matthias Sutter, in another experiment characterized four behaviors that might arise in these situations. Participant A may be a "benevolent truthteller" and tell what really is best for B; a "sophisticated truthteller", and tell the truth expecting B to distrust his advice choosing wrongly for himself; a simple "liar" who gives bad advice waiting for B to pick it up; or a "benevolent liar" who gives B bad advice expecting him to distrust it, and by means of that delivering what is best for B's interests.

The results presented by Gneezy (in line with those of Sutter) reported that almost 50% of the players opted for telling the truth (splitted almost in halves between benevolent and sophisticated truthtellers). That is to say that one in two participants chose to be honest.
The result is more significant when considering that if the game is proposed as a direct choice of the participant, meaning that B just receives the outcome of A’s decision, almost 9 in 10 impose the worst option to their peer.
It is ok to get 15 and give 5, as long as we don't need to lie for that.

So why are we so honest?  Is it that we like to see ourselves as good citizens? Is it that we are wired to collaborate and trust our group members and by doing so we build bonds that will help us in the future?

A third interesting set of experiments regarding honesty were run in a different frame: personal taxes. Nothing more certain, nothing more painful.
James Alm and his co-authors run a series of experiments whose results suggested stronger correlations with factors other than honesty, influencing tax evasion. In particular, they pointed to the complexity and uncertainty of the tax declaration process. Interventions aimed at reducing those two factors had significant impact on the compliance.
For sure honesty plays a role in taxes. In a research led by Lisa Shu that involved academics from Harvard, Toronto and Duke, evidence was presented backing the idea that simply by changing the place where people were supposed to sign in a tax form, from the bottom to the very top, compliance of declarations increased.
The simple saliency of moral implications of our acts favor healthy pro-social attitudes.


So, is morale a cultural matter? Definitely so.
But behavioral economics and neuroscience are bringing some insights on how other factors come into play, and how we can induce more pro-social behaviors.
Daniel Kahneman presented us with a useful system to model and understand the way we make decisions. His theory of two decision systems suggest that we have a deep thinking and effortful system 2, and we have a quicker and automatic system 1 that is ruled by heuristics.
Ideals and moral beliefs demand for the activation of high level intellectual skills that are property of our System 2. But at the same time, strong emotions are involved in its shaping, heuristics are activated by cues that ignite automatic responses, some of them hard coded in our brain.


There is no doubt that good influences shape character and help to build more robust moral decision makers. As parents, we do well in stubbornly teach differences between good and bad to our kids.

However, at the same time, the context that surrounds any particular decision provides cues to our brain that can feed good heuristics, those that push us onto healthy social behaviors.
We don't like to lie, we find happiness in caring for the other, and if presented with the appropriate context, we favor honesty. Juices and sparks in our brain feed those artifacts.


By recognizing that there are heuristics involved in the morality of our acts, we gain new tools to understand unhealthy attitudes from healthy people. Although cultural facts set the grounds for our morale, under certain contexts moral behaviors may be encouraged if we put the proper nudges in place.


As young Luke told his master Obi Wan about his devious father Darth Vader: “there is light in him, I can feel it”.
Maybe Luke was not only speaking about his father's cognitive understanding of the good and the bad, but about Darth Vader's mammal instincts. And he was ready to nudge the path to the light side of the force.






Nina Mazar, On Amir, and Dan Ariely in their 2008 paper “The Dishonesty of Honest People: A Theory of Self-Concept Maintenance” provide an interesting reflection on the nature of (dis)honesty by considering that people try to find “an equilibrium between two motivating forces, such that they derive some financial benefit from behaving dishonestly but still maintain their positive self-concept in terms of being honest.” In general they found that people seem to be rather insentitive to expected costs and benefits of dishonest acts, but sensitive to contextual manipulations related to the self-concept. (http://people.duke.edu/~dandan/Papers/PI/Dishonest_JMR.pdf)


Uri Gneezy, professor at the Graduate School of Business of the University of Chicago, published in the American Economic Review in 2005, a paper entitled “Deception: The Role of Consequences” in which he tests the “homo-economicus” hypothesis where our actions are inspired by the maximization of our own well-being regardless of the others. (http://rady.ucsd.edu/faculty/directory/gneezy/pub/docs/deception.pdf)


Matthias Sutter in a 2008 paper entitled “Deception Through Telling the Truth?! Experimental Evidence From Individuals and Teams” run experiments on cheating and provided an interesting classification of liars regarding both their own actions (liar or truthteller), intentions (benevolence) and their assumption of the others’ trust (sophisticated). (http://onlinelibrary.wiley.com/doi/10.1111/j.1468-0297.2008.02205.x/abstract;jsessionid=D753586C398510F27C95767E9E087F10.f01t02?userIsAuthenticated=false&deniedAccessCustomisedMessage=)


James Alm from Tulane University, Michael Jones from Bridgewater State College, and Todd Cherry and Michael McKee from Walker College of Business Appalachian State University Boone, run tests about the effectiveness of taxpayers’ programs to improve tax declarations compliance, departing from the ‘paradigm of tax administration views taxpayers as potential criminals’ and the traditional enforcement mechanism.(http://econ.tulane.edu/RePEc/pdf/tul1101.pdf)

In a joint paper by Lisa L. Shu, Nina Mazar, Francesca Gino, Dan Ariely, and Max H. Bazerman an interesting discussion is made on the effects of changing the place of a signature on a self-report. (https://www.researchgate.net/publication/229053503_When_to_Sign_on_the_Dotted_Line_Signing_First_Makes_Ethics_Salient_and_Decreases_Dishonest_Self-Reports)