La justicia,
la venganza y nuestra plomería.
Jean Valjean
robó. Javert no lo puede perdonar. Su desvío atenta contra el orden mismo de la
república, cuestiona las instituciones y conduce al caos. Pero Valjean tenía
hambre, y a los demás les sobra lo que a él le falta.
Los
Miserables, la genial obra de Victor Hugo, encierra magistralmente los dilemas
de la humanidad frente a la injusticia, la venganza y la punición.
Pocas cosas
han movilizado tanto a los hombres como el sentimiento de inequidad. Nos
indigna tanto que estamos dispuestos a transitar caminos extremos con el solo propósito
de punirla.
Envuelto en la
angustia, Javert se suicidó tras haber quebrado su mandato irrenunciable. No
podía liberar a su presa. Pero tampoco podía encarcelar a ese hombre.
Nuestra desarrollada
sensibilidad frente a la justicia juega un rol fundamental en alejarnos del
caos social. La indignación por la inequidad termina resultando un elemento
clave en la estimulación de conductas cooperativas, y parece clave también en
nuestro éxito como especie.
Colaborar o no colaborar? La resolución del dilema del prisionero evidencia
que la solución racional en algunas situaciones es no colaborar.
Supongamos que
dos delincuentes fueron detenidos y se encuentran incomunicados. Enfrentan una
pena de 10 años por su felonía. Quien delate a su compañero podrá salir libre
inmediatamente. Pero si los dos se delatan mutuamente recibirán 5 años de
prisión cada uno.
El equilibrio
de Nash, aquel al cual se llega cuando ningún jugador por si solo puede mejorar
su posición, nos conduce a la solución racional y no cooperativa: para los dos,
frente al riesgo de tener 10 años de prisión, es preferible delatar a su compañero.
Si tuvieran la
oportunidad de hablar entre ellos y colaborar, tendrían acceso a una solución
mejor, pero sin esa posibilidad, la no colaboración es lo mejor.
Sin embargo,
parecemos estar instintiva e irracionalmente inclinados a colaborar. Más aún, punir
al no colaborador nos da satisfacción.
Las emociones como automatismos. Varios experimentos en neuroeconomía presentan
evidencia que abona la tesis de que las decisiones son tomadas en nuestro
cerebro algunos segundos antes de que seamos conscientes de ello.
Aun antes de
reaccionar desde un plano cognitivo, nuestro cuerpo explota en señales como si
quisiera llamarnos la atención sobre la situación que tenemos enfrente. En un
interesante estudio conducido por Antonio Damasio y un grupo de académicos de
la Universidad de Iowa, se sometió a un conjunto de estudiantes a la tarea de
dar vuelta cartas de cuatro mazos diferentes donde algunos resultaban en ganar
dinero y otros en perderlo.
En la carta 10
el cuerpo empezó a evidenciar síntomas de ansiedad cuando la mano se dirigía al
mazo equivocado. Pero en promedio solamente en la carta 50 los estudiantes
consiguieron verbalizar la situación, y para ese momento ya habían comenzado inconscientemente
a corregir sus acciones,
Emociones poderosas
son instantánea e inconscientemente liberadas y nos protegen de resultados
negativos aún frente a situaciones complejas.
Como reaccionamos frente a la injusticia? Entre esos automatismos cableados en nuestro
cerebro profundo, se encuentran los sentimientos de igualdad y justicia.
Nuestro cerebro está preparado para liberar fuertes emociones negativas frente
a aquello que percibe como una injusticia. Y en esas situaciones, está
dispuesto dejar a ellas el control de nuestro sistema decisorio.
Una forma de
observar con más detalle esto, es mediante un simple juego de ultimatum. En él,
un jugador recibe una suma de dinero con la tarea de dividirlo con un segundo
jugador, sabiendo que solamente podrá quedarse con su parte si el segundo
acepta el trato.
En una
flagrante violación de los principios de racionalidad, las distribuciones
injustas por parte del primer jugador tienen mayor probabilidad de recibir la
sanción del segundo, aún a costa de que el segundo no se lleve nada. Así lo
revela un estudio de Charness y Rabin de 2002 realizado en los campus de las
universidades de Barcelona y Berkeley, en el cual involucraron a casi 500 individuos
y evaluaron su predisposición a la venganza.
Fue
interesante comprobar que la inversa también es cierta, y que cuando el segundo
jugador percibe una actitud altruista del primero, también responde de forma
altruista aunque ello no le traiga ninguna ventaja inmediata, y su compañero de
juego sea totalmente desconocido para él.
Nuestra plomería de la justicia. Comúnmente asociamos la reciprocidad o la venganza con
principios éticos y valores de la humanidad. Aquello que nos separa de los
monos. Sin embargo tal vez deberíamos darle un crédito mayor a nuestros primos.
Experimentos producidos con monos capuchinos demuestran que ellos también
siguen estos padrones de conducta.
Desde un punto
de vista neurológico, lo que estos estudios revelan, es que nuestra percepción
de la injusticia (así como la de los capuchinos) involucra al sistema mesolímbico,
donde residen nuestras emociones e instintos más básicos... Y allí también se
procesa nuestra respuesta a estos estímulos.
Nuestros
ideales de justicia se templan en la inspiración de los grandes luchadores por
la libertad como Gandhi, Mandela o Martin Luther King. Pero podría ser el caso
que sean también modulados por los mismos sistemas que modulan los temores mas
instintivos asociados a nuestra propia sobrevivencia.
Así de básico
y fundacional parece ser nuestro sentido de justicia y equidad.
Algunos
académicos sostienen que la selección natural no solamente moldeó nuestra
biología en un nivel antropomórfico, sino que dejó programado internamente,
ciertas conductas instintivas básicas. Esas conductas nos definen como seres gregarios
y esencialmente justos. Con una fuerte tendencia a colaborar y a castigar a
quien no colabora.
Si juegos del
estilo del dilema del prisionero son repetidos sistemáticamente en una
comunidad, y se agrega un mecanismo para sancionar socialmente a quien no
colabora o a quien protege a los desertores, la solución colaborativa se impone
naturalmente.
Un grupo que
dentro de sus reacciones básicas tiene programado no solamente el fuerte
rechazo por la inequidad, sino también el placer por su punición, será por
tanto un grupo superior, por estar “naturalmente” inclinado a colaborar.
Tal vez sea el
caso de que Javert fuera solamente un capuchino enojado porque a su compañero
de jaula le tocaba una uva, mientras él seguía masticando esa galleta seca.
Tal vez sea el
caso en que aquel juez implacablemente riguroso solamente esté cediendo a sus
instintos más básicos, y que la nobleza en sus actos sea una heurística
cableada hace millones de años en respuesta a la supervivencia de su tribu.
Tal vez el
costo de aplicar justicia nunca compense el beneficio de su resultado, y
solamente la mueva el placer que nos produce la venganza.
Pero tal vez también ese
sentimiento de venganza, que funcionó para mantener el orden y progreso durante
millones de años e hizo de nuestra tribu la ganadora, vuelva a funcionar una
vez más.
En el texto anterior se citan varios estudios
relacionados a la economía comportamental y la neuroeconomía.
Las teorías evolucionistas en multietapas
(multistage evolutionary theories) postulan que si bien la selección natural
opera a nivel individual en alternativas mutuamente excluyentes y que fomentan conductas
no cooperativas, también operan a nivel grupal haciendo primar a los grupos más
poderosos que son aquellos que aumentaron su fuerza a partir de colaborar. El
libro Why we cooperate de Michael Tomasiello provee una buena lectura
ampliatoria: https://mitpress.mit.edu/books/why-we-cooperate.
Los estudios de Antonio Damasio en la Universidad de
IOWA referidos a las reacciones corporales y las decisiones pueden ser
revisados en el paper original del año 2002 en el siguiente link: http://www-psych.stanford.edu/~jlm/papers/BecharaEtAl05_TiCS.pdf.
Los resultados de los experimentos de venganza y
reciprocidad conducidos por Charness y Rabin en 2002 en Barcelona y San
francisco pueden verse en el siguiente link: http://econwpa.repec.org/eps/get/papers/0303/0303002.pdf.
Finalmente Paul Glimscher escribió un excelente y
accesible manual de Neuroeconomía donde son expuestos los avances de la
neurociencia en torno a la toma de decisiones. http://www.amazon.com/Neuroeconomics-Decision-Paul-W-Glimcher/dp/0123741769
A
justiça, a vingança e o nosso cabeamento.
Jean
Valjean roubou. Javert não consegue o perdoar. O seu delito atenta contra as
bases da república, questiona as instituições e conduz ao caos. Porém o Valjean
tinha fome, e os outros tem de mais daquilo que ele não tem.
Os
Miseráveis, a genial obra do Victor Hugo, captura magistralmente os dilemas da
humanidade frente a injustiça, a vingança e a punição.
Poucas
coisas mobilizaram tanto aos homens como o sentimento de iniquidade. Ficamos
tão indignados que estamos dispostos a transitar caminhos extremos somente com
o propósito de penalizá-la.
Envolvido
na sua angustia, Javert cometeu suicídio após ter quebrado seu mandado
irrenunciável. Não pôde liberar a presa. Porém também não pode prender esse
homem.
A
nossa desenvolvida sensibilidade frente à justiça joga um “rol” fundamental em
nos afastar do caos social. A indignação pela inequidade termina sendo um
elemento chave na estimulação das condutas cooperativas, e parece chave também
no nosso sucesso como espécie.
Cooperar ou não cooperar? A solução do dilema do prisioneiro evidencia que o
caminho racional em algumas situações é não cooperar.
Suponhamos
que dois delinquentes foram pegos e estão incomunicáveis. Tem na frente uma
pena de 10 anos pelo delito. Quem primeiro delate ao seu colega pode ficar em
liberdade na hora. Porém se os dois se delatam mutuamente receberão 5 anos de
cadeia cada um. O equilibro de Nash, aquele que é atingido quando nenhum
jogador por seus meios pode melhorar a sua posição, nos leva a solução racional
e não cooperativa: para os dois, frente ao risco de pegar 10 anos de cadeia, é
preferível delatar ao seu companheiro.
Se
tiveram a oportunidade de falar entre eles e colaborar, acessariam uma solução
melhor, mas sem essa possibilidade, a não colaboração é o melhor. Mesmo assim,
parecemos estar instintiva e irracionalmente inclinados a cooperar. Mais ainda,
punir a quem não colabora nos dá satisfação.
As emoções como automatismos. Vários experimentos na neuroeconomía apresentam
evidencia que sustentam a tese de que as decisões são tomadas no nosso cérebro
alguns segundos antes de que sejamos cientes delas.
Ainda
antes de reagir desde o plano cognitivo, o nosso corpo explode em sinais como
se quisesse chamar a nossa atenção sobre a situação que temos diante de nós.
Num interessante estudo conduzido por Antonio Damasio e um grupo de académicos
da Universidade de Iowa, um conjunto de pessoas foi submetido a tarefa de virar
cartas de quatro baralhos distintos onde alguns resultavam em ganhar dinheiro e
outros em perdê-lo.
Na
carta 10 o corpo começa a evidenciar sintomas de ansiedade quando a mão é
dirigida ao baralho errado. Mas na média somente na carta 50 os estudantes
conseguiram verbalizar a situação, e para esse momento já tinham começado
inconscientemente a corrigir as suas ações.
Emoções
poderosas são instantânea e inconscientemente liberadas e nos protegem de
resultados negativos mesmo frente a situações complejas.
Como reagimos frente a injustiça? Entre esses automatismos cabeados no nosso cérebro
profundo, estão os sentimentos de igualdade e justiça. O nosso cérebro esta
preparado para liberar fortes emoções negativas frente a aquilo que percebe
como uma injustiça. E nessas situações, esta disposto a deixar elas no controle
de nosso sistema decisório.
Uma
forma de observar isso com mais detalhe, é mediante um simples jogo de ultimato.
Nele um jogador recebe uma soma de dinheiro com a tarefa de o dividir com um
segundo jogador, sabendo que somente poderá reter a sua parte se o segundo
aceita o trato.
Numa
flagrante violação dos princípios de racionalidade, as distribuições injustas
que o primeiro jogador faz tem maior probabilidade de receber a sanção do
segundo, mesmo se isso tem o ônus de que o segundo não leve nada com ele. Isso
foi o que revela um estudo de Charness e Rabin de 2002 realizado nos campus das
universidades de Barcelona e Berkeley, no qual envolveram quase 500 indivíduos
e avaliaram a sua predisposição à vingança.
Foi
interessante comprovar que o inverso também é certo, e que quando o segundo
jogador percebe uma atitude altruísta no primeiro, também responde de forma
altruísta mesmo que isso não traga nenhuma vantagem imediata, e o seu
companheiro de jogo seja totalmente desconhecido para ele.
O nosso cabeamento da justiça. Comumente associamos a reciprocidade ou a vingança com
princípios éticos e valores da humanidade. Aquilo que nos diferencia dos monos.
Porém talvez deveríamos dar um credito maior aos nossos primos. Experimentos
produzidos com macacos capuchinhos demostram que eles também seguem esses
padrões de comportamento.
Desde
um ponto de vista neurológico, o que esses estudos revelam, é que a nossa
percepção da injustiça (assim como a dos capuchinhos) envolve ao sistema
mesolímbico, onde ficam as nossas emoções e instintos mais básicos... E lá
também se processa a nossa resposta a esses estímulos.
Nossas
ideias de justiça são temperadas na inspiração dos grandes lutadores da
liberdade como Gandhi, Mandela ou Martin Luther King. Mas poderia ser o caso de
que sejam também moduladas pelos mesmos sistemas que modulam os medos mais
instintivos associados a nossa própria sobrevivência.
Assim de básico e fundacional parece ser o
nosso sentido de justiça e equidade.
Alguns
académicos falam que a seleção natural não somente moldou a nossa biologia num
nível antropomórfico, mas que deixou programado internamente algumas condutas
instintivas básicas. Essas condutas nos definem como seres gregários e
essencialmente justos. Como uma forte tendências a colaborar e castigar quem
não colabora.
Se
jogos do estilo do dilema do prisioneiro são repetidos sistematicamente numa
comunidade, e se adiciona um mecanismo para punir socialmente quem não colabora
ou quem protege aos desertores, a solução colaborativa se impõe naturalmente.
Um
grupo que entre as suas reações básicas tem programado não somente a forte
rejeição pela iniquidade, mas também o prazer pela sua punição, será por tanto
um grupo superior, por estar “naturalmente” inclinado a colaborar.
Talvez
seja o caso de que Javert fosse somente um capuchino bravo porque seu colega de
jaula pegou uma uva, quando ele seguia mastigando esse biscoito seco.
Talvez
seja o caso no qual aquele juiz implacavelmente rigoroso somente esteja cedendo
aos seus instintos mais básicos, e que a nobreza dos seus atos sejam uma
heurística cabeada faz milhões de anos na resposta pela sobrevivência de sua
tribo.
Talvez
o custo de aplicar justiça nunca compense o benefício do seu resultado, e
somente seja movida pelo prazer que gera em nós a vingança.
Mas tal vez também
esse sentimento de vingança, que funcionou para manter a ordem e o progresso
durante milhões de anos e fez da nossa tribo a vencedora, volte a funcionar uma
vez a mais.
No texto anterior são citados vários estudos relacionados
com a economia comportamental e a neuroeconomía.
As teorias evolucionistas em multietapas (multistage
evolutionary theories) falam que mesmo a seleção natural opera no nível
individual com alternativas mutuamente excludentes e que fomentam condutas não
cooperativas, também operam no nível grupal fazendo primar aos grupos mais
poderosos que são aqueles que aumentaram sau força a partir da colaboração. O libro
Why we cooperate de Michael Tomasiello é uma boa leitura ampliatória: https://mitpress.mit.edu/books/why-we-cooperate.
Os estudos de Antonio Damasio na Universidade de IOWA
referidos as reações corporais e as decisões podem ser revisados no paper
original do ano 2002 no el seguinte link: http://www-psych.stanford.edu/~jlm/papers/BecharaEtAl05_TiCS.pdf.
Os resultados dos experimentos de vingança e reciprocidade
conduzidos por Charness e Rabin em 2002 em Barcelona y San francisco podem ser
avaliados no seguinte link: http://econwpa.repec.org/eps/get/papers/0303/0303002.pdf.
Finalmente Paul Glimscher escreveu um excelente e acessível
manual de Neuroeconomía onde são apresentados os avanços da neurociencia quanto
a tomada de decisões. http://www.amazon.com/Neuroeconomics-Decision-Paul-W-Glimcher/dp/0123741769
Justice, vengeance, and our wiring.
Jean Valjean has stolen. Javert cannot forgive that. His
conduct deviation harms the order of the republic, questions institutions, and
brings chaos. But Valjean was in hunger, and others have in excess what he
lacks.
Les Miserábles, the brilliant work of Victor Hugo, masterfully
captures the dilemmas we humans face when dealing with injustice, vengeance,
and punishment.
Few things move people so much as inequity. Facing it
makes us feel so outraged that we are willing to walk through extreme paths
with the sole purpose of punishing it.
Drowning in angst, Javert committed suicide after
breaking his unwavering mandate. He should not free his prey. But he cannot send
him to the dungeons.
Our developed sense of justice plays a key role in
making us step away from social chaos. Our resentment for inequity results in a
key element in stimulating our cooperative behavior, and seems a decisive
factor in our success as species.
To collaborate or not to? The solution for the prisoner’s dilemma evidences that
rational behavior in some situations is not to collaborate.
Let’s suppose that two offenders were arrested and are
kept in isolation. They face a maximum sentence of 10 years due to their
misconduct. The one who first betrays his partner will be immediately released.
But if both decide to confess at the same time, they will be punished with 5
years of prison each.
Nash equilibrium, the one that is defined by the
condition in which no player can improve his situation by himself, leads us to
the rational and non cooperative solution: for both of them, against the risk
of being jailed for 10 years, it is preferable to turn in his partner.
If they would have the opportunity to set things and
collaborate with each other, they certainly have a better opportunity. But with
that possibility out of reach, the non-collaborative solution is the best they
have in hands.
Nevertheless, we seem instinctively and irrationally
inclined to collaborate. Even more, we find the idea of punishing the traitor
pleasing.
Emotions as automatisms. Many experiments in neuroeconomics present evidence
that grounds the thesis that decisions are taken by our brain some seconds
before we are aware of them.
Before we react cognitively, our body explodes in
signals as if it is willing to bring our attention to the situation we face. In
an interesting study conducted by Antonio Demasio and a group of academics from
the University of Iowa, a group of students were asked to flip cards from four
different decks. Some of them would bring gains, others losses.
By the tenth flip the students’ bodies started to present
evidence of anxiety when the hand was directed to the wrong deck. But in
average, only when they reached the card number 50, students managed to speak
out about the situation, and by that time they had inadvertently revised their
actions.
Powerful emotions are instantly and unconsciously released,
and they protect us from negative results, even in complex situations.
How do we deal with the unfair? Among these automatisms wired in our deep brain, we
can find the feelings of fairness and justice. Our brain is ready to release
strong negative emotions when faced with what appears to be an unfair
situation. In such occasions, it is ready to free them and let them take
control of our decision making system.
A way to see this with more detail, is through a
simple ultimatum game. In such a game, a player gets some money with the task
of splitting with a second player, knowing that he may only keep his part if
the second accepts the deal.
In a blatant violation of rationality axioms, the first
player’s unfair offerings have a higher probability to be rejected, even when
the second player knows that he will leave with his hands empty. This extreme
is nicely presented in a paper by Charness and Rabin from 2002, that reports an
experiment in the campuses of universities of Barcelona and Berkeley. They
interviewed 500 students and evaluated their propensity for vengeance.
It is interesting also to see that the reverse is also
true. When the second player feels altruism in the first player’s proposition, he
is inclined to also answer in an altruist way, even when that does not bring
him any immediate advantage, and his game partner is completely unknown to him.
Our wires for justice. Usually we connect reciprocity or vengeance with
ethics and personal values. Those that set us apart from monkeys. But maybe we
should give some more credit to our cousins. Experiments carried out with
capuchin monkeys show that they follow quite similar behavioral patterns.
From a neurological point of view, such studies reveal
that our perception of unfairness (as well as capuchin ones) involves the
mesolimbic system, where our basic emotions and instincts also lay... In that
same area of the brain the reactions to this stimulus are processed.
Our dreams of justice are carved by great men as
Gandhi, Mandela, and Martin Luther King. But it may be the case that they are also
modulated by the very same systems that modulate primal fears associated with
our own survival.
So foundational and basic seems to be our sense of
justice and fairness.
Some academics argue that natural selection not only
shaped our biology at an anthropomorphic level, but also coded, internally, specific
instinctive behaviors; those that identify humans as gregarious and just
beings, with a strong propensity to collaborate and punish those who do not.
When games such as the prisoners’ dilemma are repeated
systematically in a group, and a mechanism to discipline those who do not
collaborate or protect defectors is established, collaborative solutions prime
naturally.
A group that carries among their basic reactions not
only a strong rejection for unfairness, but also a feeling of gratification
when it is punished, will be a superior group, due to it “natural bias” for
collaboration.
It may be the case that Javert was only an enraged
capuchin witnessing his cage partner getting a juicy grape, while he still
chews that tasteless cracker.
It may be the case that that strict and relentless
judge is being hostage of his most basic instincts, and for the nobleness of his
acts to be just a heuristic wired millions of years ago as an answer for the
survival of his tribe.
Maybe the cost of serving justice never offsets the
benefit of its outcome, and is simply moved by the pleasure that entails
vengeance.
But maybe, that feeling for vengeance, that worked for
millions of years as a device to assure order and progress and made our tribe a
winner one, maybe, it will work one more time.
In the previous lines reference was made to several
studies related to behavioral economics and neuroeconomics.
Multistage evolutionary theories postulate that
natural selection act in an individual level promoting mutually excluding
alternatives, and that foster non cooperative behavior. But they also argue
that at a group level it let collaborative groups and their characteristics to
overcome others. The book Why we cooperate by Michael Tomasiello offers nice
further readings: https://mitpress.mit.edu/books/why-we-cooperate.
Studies by Antonio Damasio in University of Iowa about
body reactions and decision making may be revisited in the original paper from 2002
in the following link: http://www-psych.stanford.edu/~jlm/papers/BecharaEtAl05_TiCS.pdf.
Results of the experiments on vengeance and
reciprocity conducted by Charness and Rabin in 2002 in Barcelona and San
Francisco may be found in the following link: http://econwpa.repec.org/eps/get/papers/0303/0303002.pdf.
Finally, Paul Glimscher wrote an excellent an easy to
read manual on Neuroeconomics where contributions of neurosciences in decision
making theory are nicely reviewed. http://www.amazon.com/Neuroeconomics-Decision-Paul-W-Glimcher/dp/0123741769
No hay comentarios:
Publicar un comentario