domingo, 20 de marzo de 2016

La justicia, la venganza y nuestra plomería.

La justicia, la venganza y nuestra plomería.


Jean Valjean robó. Javert no lo puede perdonar. Su desvío atenta contra el orden mismo de la república, cuestiona las instituciones y conduce al caos. Pero Valjean tenía hambre, y a los demás les sobra lo que a él le falta.
Los Miserables, la genial obra de Victor Hugo, encierra magistralmente los dilemas de la humanidad frente a la injusticia, la venganza y la punición.

Pocas cosas han movilizado tanto a los hombres como el sentimiento de inequidad. Nos indigna tanto que estamos dispuestos a transitar caminos extremos con el solo propósito de punirla.
Envuelto en la angustia, Javert se suicidó tras haber quebrado su mandato irrenunciable. No podía liberar a su presa. Pero tampoco podía encarcelar a ese hombre.

Nuestra desarrollada sensibilidad frente a la justicia juega un rol fundamental en alejarnos del caos social. La indignación por la inequidad termina resultando un elemento clave en la estimulación de conductas cooperativas, y parece clave también en nuestro éxito como especie.


Colaborar o no colaborar? La resolución del dilema del prisionero evidencia que la solución racional en algunas situaciones es no colaborar.
Supongamos que dos delincuentes fueron detenidos y se encuentran incomunicados. Enfrentan una pena de 10 años por su felonía. Quien delate a su compañero podrá salir libre inmediatamente. Pero si los dos se delatan mutuamente recibirán 5 años de prisión cada uno.
El equilibrio de Nash, aquel al cual se llega cuando ningún jugador por si solo puede mejorar su posición, nos conduce a la solución racional y no cooperativa: para los dos, frente al riesgo de tener 10 años de prisión, es preferible delatar a su compañero.
Si tuvieran la oportunidad de hablar entre ellos y colaborar, tendrían acceso a una solución mejor, pero sin esa posibilidad, la no colaboración es lo mejor.
Sin embargo, parecemos estar instintiva e irracionalmente inclinados a colaborar. Más aún, punir al no colaborador nos da satisfacción.


Las emociones como automatismos. Varios experimentos en neuroeconomía presentan evidencia que abona la tesis de que las decisiones son tomadas en nuestro cerebro algunos segundos antes de que seamos conscientes de ello.
Aun antes de reaccionar desde un plano cognitivo, nuestro cuerpo explota en señales como si quisiera llamarnos la atención sobre la situación que tenemos enfrente. En un interesante estudio conducido por Antonio Damasio y un grupo de académicos de la Universidad de Iowa, se sometió a un conjunto de estudiantes a la tarea de dar vuelta cartas de cuatro mazos diferentes donde algunos resultaban en ganar dinero y otros en perderlo.
En la carta 10 el cuerpo empezó a evidenciar síntomas de ansiedad cuando la mano se dirigía al mazo equivocado. Pero en promedio solamente en la carta 50 los estudiantes consiguieron verbalizar la situación, y para ese momento ya habían comenzado inconscientemente a corregir sus acciones,
Emociones poderosas son instantánea e inconscientemente liberadas y nos protegen de resultados negativos aún frente a situaciones complejas.


Como reaccionamos frente a la injusticia? Entre esos automatismos cableados en nuestro cerebro profundo, se encuentran los sentimientos de igualdad y justicia. Nuestro cerebro está preparado para liberar fuertes emociones negativas frente a aquello que percibe como una injusticia. Y en esas situaciones, está dispuesto dejar a ellas el control de nuestro sistema decisorio.
Una forma de observar con más detalle esto, es mediante un simple juego de ultimatum. En él, un jugador recibe una suma de dinero con la tarea de dividirlo con un segundo jugador, sabiendo que solamente podrá quedarse con su parte si el segundo acepta el trato.
En una flagrante violación de los principios de racionalidad, las distribuciones injustas por parte del primer jugador tienen mayor probabilidad de recibir la sanción del segundo, aún a costa de que el segundo no se lleve nada. Así lo revela un estudio de Charness y Rabin de 2002 realizado en los campus de las universidades de Barcelona y Berkeley, en el cual involucraron a casi 500 individuos y evaluaron su predisposición a la venganza.
Fue interesante comprobar que la inversa también es cierta, y que cuando el segundo jugador percibe una actitud altruista del primero, también responde de forma altruista aunque ello no le traiga ninguna ventaja inmediata, y su compañero de juego sea totalmente desconocido para él.


Nuestra plomería de la justicia. Comúnmente asociamos la reciprocidad o la venganza con principios éticos y valores de la humanidad. Aquello que nos separa de los monos. Sin embargo tal vez deberíamos darle un crédito mayor a nuestros primos. Experimentos producidos con monos capuchinos demuestran que ellos también siguen estos padrones de conducta.

Desde un punto de vista neurológico, lo que estos estudios revelan, es que nuestra percepción de la injusticia (así como la de los capuchinos) involucra al sistema mesolímbico, donde residen nuestras emociones e instintos más básicos... Y allí también se procesa nuestra respuesta a estos estímulos.
Nuestros ideales de justicia se templan en la inspiración de los grandes luchadores por la libertad como Gandhi, Mandela o Martin Luther King. Pero podría ser el caso que sean también modulados por los mismos sistemas que modulan los temores mas instintivos asociados a nuestra propia sobrevivencia.
Así de básico y fundacional parece ser nuestro sentido de justicia y equidad.


Algunos académicos sostienen que la selección natural no solamente moldeó nuestra biología en un nivel antropomórfico, sino que dejó programado internamente, ciertas conductas instintivas básicas. Esas conductas nos definen como seres gregarios y esencialmente justos. Con una fuerte tendencia a colaborar y a castigar a quien no colabora.
Si juegos del estilo del dilema del prisionero son repetidos sistemáticamente en una comunidad, y se agrega un mecanismo para sancionar socialmente a quien no colabora o a quien protege a los desertores, la solución colaborativa se impone naturalmente.
Un grupo que dentro de sus reacciones básicas tiene programado no solamente el fuerte rechazo por la inequidad, sino también el placer por su punición, será por tanto un grupo superior, por estar “naturalmente” inclinado a colaborar.


Tal vez sea el caso de que Javert fuera solamente un capuchino enojado porque a su compañero de jaula le tocaba una uva, mientras él seguía masticando esa galleta seca.
Tal vez sea el caso en que aquel juez implacablemente riguroso solamente esté cediendo a sus instintos más básicos, y que la nobleza en sus actos sea una heurística cableada hace millones de años en respuesta a la supervivencia de su tribu.
Tal vez el costo de aplicar justicia nunca compense el beneficio de su resultado, y solamente la mueva el placer que nos produce la venganza.
Pero tal vez también ese sentimiento de venganza, que funcionó para mantener el orden y progreso durante millones de años e hizo de nuestra tribu la ganadora, vuelva a funcionar una vez más.


En el texto anterior se citan varios estudios relacionados a la economía comportamental y la neuroeconomía.
Las teorías evolucionistas en multietapas (multistage evolutionary theories) postulan que si bien la selección natural opera a nivel individual en alternativas mutuamente excluyentes y que fomentan conductas no cooperativas, también operan a nivel grupal haciendo primar a los grupos más poderosos que son aquellos que aumentaron su fuerza a partir de colaborar. El libro Why we cooperate de Michael Tomasiello provee una buena lectura ampliatoria: https://mitpress.mit.edu/books/why-we-cooperate.
Los estudios de Antonio Damasio en la Universidad de IOWA referidos a las reacciones corporales y las decisiones pueden ser revisados en el paper original del año 2002 en el siguiente link: http://www-psych.stanford.edu/~jlm/papers/BecharaEtAl05_TiCS.pdf.
Los resultados de los experimentos de venganza y reciprocidad conducidos por Charness y Rabin en 2002 en Barcelona y San francisco pueden verse en el siguiente link: http://econwpa.repec.org/eps/get/papers/0303/0303002.pdf.
Finalmente Paul Glimscher escribió un excelente y accesible manual de Neuroeconomía donde son expuestos los avances de la neurociencia en torno a la toma de decisiones. http://www.amazon.com/Neuroeconomics-Decision-Paul-W-Glimcher/dp/0123741769




A justiça, a vingança e o nosso cabeamento.


Jean Valjean roubou. Javert não consegue o perdoar. O seu delito atenta contra as bases da república, questiona as instituições e conduz ao caos. Porém o Valjean tinha fome, e os outros tem de mais daquilo que ele não tem.
Os Miseráveis, a genial obra do Victor Hugo, captura magistralmente os dilemas da humanidade frente a injustiça, a vingança e a punição.

Poucas coisas mobilizaram tanto aos homens como o sentimento de iniquidade. Ficamos tão indignados que estamos dispostos a transitar caminhos extremos somente com o propósito de penalizá-la.
Envolvido na sua angustia, Javert cometeu suicídio após ter quebrado seu mandado irrenunciável. Não pôde liberar a presa. Porém também não pode prender esse homem.

A nossa desenvolvida sensibilidade frente à justiça joga um “rol” fundamental em nos afastar do caos social. A indignação pela inequidade termina sendo um elemento chave na estimulação das condutas cooperativas, e parece chave também no nosso sucesso como espécie.


Cooperar ou não cooperar? A solução do dilema do prisioneiro evidencia que o caminho racional em algumas situações é não cooperar.
Suponhamos que dois delinquentes foram pegos e estão incomunicáveis. Tem na frente uma pena de 10 anos pelo delito. Quem primeiro delate ao seu colega pode ficar em liberdade na hora. Porém se os dois se delatam mutuamente receberão 5 anos de cadeia cada um. O equilibro de Nash, aquele que é atingido quando nenhum jogador por seus meios pode melhorar a sua posição, nos leva a solução racional e não cooperativa: para os dois, frente ao risco de pegar 10 anos de cadeia, é preferível delatar ao seu companheiro.
Se tiveram a oportunidade de falar entre eles e colaborar, acessariam uma solução melhor, mas sem essa possibilidade, a não colaboração é o melhor. Mesmo assim, parecemos estar instintiva e irracionalmente inclinados a cooperar. Mais ainda, punir a quem não colabora nos dá satisfação.


As emoções como automatismos. Vários experimentos na neuroeconomía apresentam evidencia que sustentam a tese de que as decisões são tomadas no nosso cérebro alguns segundos antes de que sejamos cientes delas.
Ainda antes de reagir desde o plano cognitivo, o nosso corpo explode em sinais como se quisesse chamar a nossa atenção sobre a situação que temos diante de nós. Num interessante estudo conduzido por Antonio Damasio e um grupo de académicos da Universidade de Iowa, um conjunto de pessoas foi submetido a tarefa de virar cartas de quatro baralhos distintos onde alguns resultavam em ganhar dinheiro e outros em perdê-lo.
Na carta 10 o corpo começa a evidenciar sintomas de ansiedade quando a mão é dirigida ao baralho errado. Mas na média somente na carta 50 os estudantes conseguiram verbalizar a situação, e para esse momento já tinham começado inconscientemente a corrigir as suas ações.
Emoções poderosas são instantânea e inconscientemente liberadas e nos protegem de resultados negativos mesmo frente a situações complejas.


Como reagimos frente a injustiça? Entre esses automatismos cabeados no nosso cérebro profundo, estão os sentimentos de igualdade e justiça. O nosso cérebro esta preparado para liberar fortes emoções negativas frente a aquilo que percebe como uma injustiça. E nessas situações, esta disposto a deixar elas no controle de nosso sistema decisório.
Uma forma de observar isso com mais detalhe, é mediante um simples jogo de ultimato. Nele um jogador recebe uma soma de dinheiro com a tarefa de o dividir com um segundo jogador, sabendo que somente poderá reter a sua parte se o segundo aceita o trato.
Numa flagrante violação dos princípios de racionalidade, as distribuições injustas que o primeiro jogador faz tem maior probabilidade de receber a sanção do segundo, mesmo se isso tem o ônus de que o segundo não leve nada com ele. Isso foi o que revela um estudo de Charness e Rabin de 2002 realizado nos campus das universidades de Barcelona e Berkeley, no qual envolveram quase 500 indivíduos e avaliaram a sua predisposição à vingança.
Foi interessante comprovar que o inverso também é certo, e que quando o segundo jogador percebe uma atitude altruísta no primeiro, também responde de forma altruísta mesmo que isso não traga nenhuma vantagem imediata, e o seu companheiro de jogo seja totalmente desconhecido para ele.

O nosso cabeamento da justiça. Comumente associamos a reciprocidade ou a vingança com princípios éticos e valores da humanidade. Aquilo que nos diferencia dos monos. Porém talvez deveríamos dar um credito maior aos nossos primos. Experimentos produzidos com macacos capuchinhos demostram que eles também seguem esses padrões de comportamento.

Desde um ponto de vista neurológico, o que esses estudos revelam, é que a nossa percepção da injustiça (assim como a dos capuchinhos) envolve ao sistema mesolímbico, onde ficam as nossas emoções e instintos mais básicos... E lá também se processa a nossa resposta a esses estímulos.
Nossas ideias de justiça são temperadas na inspiração dos grandes lutadores da liberdade como Gandhi, Mandela ou Martin Luther King. Mas poderia ser o caso de que sejam também moduladas pelos mesmos sistemas que modulam os medos mais instintivos associados a nossa própria sobrevivência.
 Assim de básico e fundacional parece ser o nosso sentido de justiça e equidade.


Alguns académicos falam que a seleção natural não somente moldou a nossa biologia num nível antropomórfico, mas que deixou programado internamente algumas condutas instintivas básicas. Essas condutas nos definem como seres gregários e essencialmente justos. Como uma forte tendências a colaborar e castigar quem não colabora.

Se jogos do estilo do dilema do prisioneiro são repetidos sistematicamente numa comunidade, e se adiciona um mecanismo para punir socialmente quem não colabora ou quem protege aos desertores, a solução colaborativa se impõe naturalmente.
Um grupo que entre as suas reações básicas tem programado não somente a forte rejeição pela iniquidade, mas também o prazer pela sua punição, será por tanto um grupo superior, por estar “naturalmente” inclinado a colaborar.


Talvez seja o caso de que Javert fosse somente um capuchino bravo porque seu colega de jaula pegou uma uva, quando ele seguia mastigando esse biscoito seco.
Talvez seja o caso no qual aquele juiz implacavelmente rigoroso somente esteja cedendo aos seus instintos mais básicos, e que a nobreza dos seus atos sejam uma heurística cabeada faz milhões de anos na resposta pela sobrevivência de sua tribo.
Talvez o custo de aplicar justiça nunca compense o benefício do seu resultado, e somente seja movida pelo prazer que gera em nós a vingança.
Mas tal vez também esse sentimento de vingança, que funcionou para manter a ordem e o progresso durante milhões de anos e fez da nossa tribo a vencedora, volte a funcionar uma vez a mais.


No texto anterior são citados vários estudos relacionados com a economia comportamental e a neuroeconomía.
As teorias evolucionistas em multietapas (multistage evolutionary theories) falam que mesmo a seleção natural opera no nível individual com alternativas mutuamente excludentes e que fomentam condutas não cooperativas, também operam no nível grupal fazendo primar aos grupos mais poderosos que são aqueles que aumentaram sau força a partir da colaboração. O libro Why we cooperate de Michael Tomasiello é uma boa leitura ampliatória: https://mitpress.mit.edu/books/why-we-cooperate.
Os estudos de Antonio Damasio na Universidade de IOWA referidos as reações corporais e as decisões podem ser revisados no paper original do ano 2002 no el seguinte link: http://www-psych.stanford.edu/~jlm/papers/BecharaEtAl05_TiCS.pdf.
Os resultados dos experimentos de vingança e reciprocidade conduzidos por Charness e Rabin em 2002 em Barcelona y San francisco podem ser avaliados no seguinte link: http://econwpa.repec.org/eps/get/papers/0303/0303002.pdf.
Finalmente Paul Glimscher escreveu um excelente e acessível manual de Neuroeconomía onde são apresentados os avanços da neurociencia quanto a tomada de decisões. http://www.amazon.com/Neuroeconomics-Decision-Paul-W-Glimcher/dp/0123741769




Justice, vengeance, and our wiring.


Jean Valjean has stolen. Javert cannot forgive that. His conduct deviation harms the order of the republic, questions institutions, and brings chaos. But Valjean was in hunger, and others have in excess what he lacks.
Les Miserábles, the brilliant work of Victor Hugo, masterfully captures the dilemmas we humans face when dealing with injustice, vengeance, and punishment.

Few things move people so much as inequity. Facing it makes us feel so outraged that we are willing to walk through extreme paths with the sole purpose of punishing it.
Drowning in angst, Javert committed suicide after breaking his unwavering mandate. He should not free his prey. But he cannot send him to the dungeons.

Our developed sense of justice plays a key role in making us step away from social chaos. Our resentment for inequity results in a key element in stimulating our cooperative behavior, and seems a decisive factor in our success as species.


To collaborate or not to? The solution for the prisoner’s dilemma evidences that rational behavior in some situations is not to collaborate.
Let’s suppose that two offenders were arrested and are kept in isolation. They face a maximum sentence of 10 years due to their misconduct. The one who first betrays his partner will be immediately released. But if both decide to confess at the same time, they will be punished with 5 years of prison each.
Nash equilibrium, the one that is defined by the condition in which no player can improve his situation by himself, leads us to the rational and non cooperative solution: for both of them, against the risk of being jailed for 10 years, it is preferable to turn in his partner.

If they would have the opportunity to set things and collaborate with each other, they certainly have a better opportunity. But with that possibility out of reach, the non-collaborative solution is the best they have in hands.
Nevertheless, we seem instinctively and irrationally inclined to collaborate. Even more, we find the idea of punishing the traitor pleasing.


Emotions as automatisms. Many experiments in neuroeconomics present evidence that grounds the thesis that decisions are taken by our brain some seconds before we are aware of them.
Before we react cognitively, our body explodes in signals as if it is willing to bring our attention to the situation we face. In an interesting study conducted by Antonio Demasio and a group of academics from the University of Iowa, a group of students were asked to flip cards from four different decks. Some of them would bring gains, others losses.
By the tenth flip the students’ bodies started to present evidence of anxiety when the hand was directed to the wrong deck. But in average, only when they reached the card number 50, students managed to speak out about the situation, and by that time they had inadvertently revised their actions.
Powerful emotions are instantly and unconsciously released, and they protect us from negative results, even in complex situations.


How do we deal with the unfair? Among these automatisms wired in our deep brain, we can find the feelings of fairness and justice. Our brain is ready to release strong negative emotions when faced with what appears to be an unfair situation. In such occasions, it is ready to free them and let them take control of our decision making system.
A way to see this with more detail, is through a simple ultimatum game. In such a game, a player gets some money with the task of splitting with a second player, knowing that he may only keep his part if the second accepts the deal.
In a blatant violation of rationality axioms, the first player’s unfair offerings have a higher probability to be rejected, even when the second player knows that he will leave with his hands empty. This extreme is nicely presented in a paper by Charness and Rabin from 2002, that reports an experiment in the campuses of universities of Barcelona and Berkeley. They interviewed 500 students and evaluated their propensity for vengeance.
It is interesting also to see that the reverse is also true. When the second player feels altruism in the first player’s proposition, he is inclined to also answer in an altruist way, even when that does not bring him any immediate advantage, and his game partner is completely unknown to him.


Our wires for justice. Usually we connect reciprocity or vengeance with ethics and personal values. Those that set us apart from monkeys. But maybe we should give some more credit to our cousins. Experiments carried out with capuchin monkeys show that they follow quite similar behavioral patterns.

From a neurological point of view, such studies reveal that our perception of unfairness (as well as capuchin ones) involves the mesolimbic system, where our basic emotions and instincts also lay... In that same area of the brain the reactions to this stimulus are processed.
Our dreams of justice are carved by great men as Gandhi, Mandela, and Martin Luther King. But it may be the case that they are also modulated by the very same systems that modulate primal fears associated with our own survival.
So foundational and basic seems to be our sense of justice and fairness.


Some academics argue that natural selection not only shaped our biology at an anthropomorphic level, but also coded, internally, specific instinctive behaviors; those that identify humans as gregarious and just beings, with a strong propensity to collaborate and punish those who do not.
When games such as the prisoners’ dilemma are repeated systematically in a group, and a mechanism to discipline those who do not collaborate or protect defectors is established, collaborative solutions prime naturally.
A group that carries among their basic reactions not only a strong rejection for unfairness, but also a feeling of gratification when it is punished, will be a superior group, due to it “natural bias” for collaboration.



It may be the case that Javert was only an enraged capuchin witnessing his cage partner getting a juicy grape, while he still chews that tasteless cracker.
It may be the case that that strict and relentless judge is being hostage of his most basic instincts, and for the nobleness of his acts to be just a heuristic wired millions of years ago as an answer for the survival of his tribe.
Maybe the cost of serving justice never offsets the benefit of its outcome, and is simply moved by the pleasure that entails vengeance.
But maybe, that feeling for vengeance, that worked for millions of years as a device to assure order and progress and made our tribe a winner one, maybe, it will work one more time.



In the previous lines reference was made to several studies related to behavioral economics and neuroeconomics.
Multistage evolutionary theories postulate that natural selection act in an individual level promoting mutually excluding alternatives, and that foster non cooperative behavior. But they also argue that at a group level it let collaborative groups and their characteristics to overcome others. The book Why we cooperate by Michael Tomasiello offers nice further readings: https://mitpress.mit.edu/books/why-we-cooperate.
Studies by Antonio Damasio in University of Iowa about body reactions and decision making may be revisited in the original paper from 2002 in the following link: http://www-psych.stanford.edu/~jlm/papers/BecharaEtAl05_TiCS.pdf.
Results of the experiments on vengeance and reciprocity conducted by Charness and Rabin in 2002 in Barcelona and San Francisco may be found in the following link: http://econwpa.repec.org/eps/get/papers/0303/0303002.pdf.
Finally, Paul Glimscher wrote an excellent an easy to read manual on Neuroeconomics where contributions of neurosciences in decision making theory are nicely reviewed. http://www.amazon.com/Neuroeconomics-Decision-Paul-W-Glimcher/dp/0123741769


No hay comentarios:

Publicar un comentario